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Fediscos, el ‘Goliat’ musical que desaparece

La emblemática disquera será demolida. Su propietario rescata los materiales del estudio de grabación para conservar el legado.

Recuerdos. Francisco Feraud, actual propietario de la disquera se encuentra desmontando el estudio. Espera recomenzar la marca en otro espacio.

“Llora, guitarra, porque eres mi voz de dolor. Grita de nuevo su nombre si no te escuchó y dile que aún la quiero, que aún espero que vuelva, que si no viene mi amor no tiene consuelo, que solitario sin su cariño me muero”...

Era 1976 y en el estudio de Fediscos no se escuchaban ni murmullos ni suspiros. La voz de Julio Jaramillo lo inundaba todo, incluso en aquella madrugada de jueves, dos años antes de que falleciera, cuando se decía por las esquinas que su voz ya no era la misma.

Washington López lo recuerda risueño, determinado. Él, que entonces tenía no más de veinte años, se había agolpado ante la ventana del estudio para escuchar al ‘Ruiseñor de América’ junto a otros trabajadores de la icónica disquera.

“Don Feraud lo había traído para que grabara un disco por los sesenta años de la empresa. Ya para ese entonces la gente hablaba, decía que estaba enfermo, que no cantaba como antes. Pero esa noche cantó como nunca, grabó doce canciones de un tirón”, rememora.

Era la época dorada de la industria musical ecuatoriana. En Fediscos se trabajaba de día, noche y madrugada. El estudio de grabación nunca paraba y 300 empleados confeccionaban los vinilos que se distribuían en cada rincón del país.

Fresia Saavedra, Héctor Jaramillo, el puertorriqueño Wilfrido Vargas o el venezolano José Luis Rodríguez ‘El Puma’ pasaron ante el micrófono del estudio. A Fediscos, entonces, se le apodaba ‘la fábrica de artistas’.

Hoy, ya solo quedan los cimientos de la empresa fundada por José Domingo Feraud Guzmán hace más de un siglo.

En el terreno donde alguna vez funcionó la planta de producción más rentable del Litoral, que está ubicado en la avenida del Bombero junto a la Agencia de Tránsito Municipal, hay dos edificios a medio derrumbar, con las paredes roídas, llenas de huecos y una camada de gatos que sirven de inquilinos temporales.

A la compañía la aniquiló la tecnología. Aunque intentó amoldarse al vaivén de los tiempos, pasando del vinilo al casete y del casete al CD, para inicios de 2001, cuando la piratería inundó las calles con sus melodías a bajo costo, ya no quedaba nada más por hacer. Fediscos, como un Goliat doblegado, fue cerrando sus tiendas; deteniendo la producción; despidiendo, a manera de prolongado velorio, a una era que ya no iba a volver.

Solo aquella sala de grabaciones, donde Jota Jota rindió su último tributo a la música nacional, se mantuvo intacta. Hace cinco años, Francisco Feraud, bisnieto del creador, intentó rescatar su historia.

“Recibí el estudio como herencia, pero cuando me lo dieron, el terreno ya no era nuestro. No me importaba. Aquí está el legado de cuatro generaciones de mi familia. No quería que eso se perdiera”, apunta.

Y aunque no había dinero para renovar la planta, Pancho logró llenar, nuevamente, a Fediscos de música. ‘El festivalito’ y ‘Mañana es lunes’, recitales que organizaba, atraían a cientos de amantes del rock.

Al menos hasta hace poco, cuando el sueño de rescatar el sitio llegó a su fin. La inmobiliaria que había adquirido el terreno en 2005 logró venderlo. El próximo año, el emblemático estudio se convertirá en un centro comercial.

Pancho, cabizbajo, ha aceptado el cierre como algo inevitable. Pese a ello, no se resigna a dejar morir la historia de Fediscos: “Me hubiese gustado que el estudio se incorporara al centro comercial como museo, pero Fediscos seguirá. No sé dónde ni cómo, pero seguirá”.

En estos días, ya está desmontando todo y llevándose cajas con los últimos vinilos. Pretende recuperar hasta los paneles de madera.

Para los artistas que alguna vez grabaron allí, la desaparición del inmueble es también una analogía del declive de la industria nacional. Giselle Villagómez tenía 13 años cuando entró en aquel ‘templo’ por primera vez. “Fue una experiencia terrorífica y extraordinaria. Que me dieran la oportunidad de grabar era intimidante, porque tenías que tener buena voz. Si te equivocabas, se repetía toda la canción”, rememora.

Ahora, añade, los artistas ecuatorianos dependen de sí mismos, actúan hasta como productores y publicistas de su propia obra.

Hilda Murillo, en cambio, rescata el intento que espacios como el Museo de la Música Nacional Julio Jaramillo han hecho por plasmar los recuerdos del boom de la industria musical ecuatoriana. Sin embargo, también termina llenándose de nostalgia.

“Me entristece. Tengo historias muy hermosas de esa época, de los artistas que fuimos parte de Fediscos. Con la demolición de esa época, ya no quedará ni el recuerdo”.

Despedida

Un adiós a la luz de las velas

Hace varias semanas, antes de que Feraud inicie el desmontaje del estudio de grabación, cerca de un centenar de asistentes acudieron a despedir el inmueble. Esta se llevó a cabo con una vigilia a la luz de las velas y un concierto en el que participaron algunas de las bandas contemporáneas que han tocado o grabado en el estudio. Desde su reapertura en 2009, Fediscos produjo discos de artistas nacionales como las bandas Teleácidos, Cadáver Exquisito y los solistas Nikki Mackliff y Ricardo Pita.