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Diario Expreso Ecuador

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Estancamiento de los antiliberales

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Hoy, a un cuarto de siglo del final de la Guerra Fría, Occidente y Rusia están otra vez enfrentados. Pero ahora (al menos para uno de los lados), está claro que la disputa tiene que ver más con el poder geopolítico que con la ideología. Occidente ha dado apoyo, en diversas formas, a movimientos democráticos en la región postsoviética, sin disimular su entusiasmo por las varias “revoluciones de colores” que sustituyeron a viejos dictadores por líderes más receptivos (aunque no todos resultaron los demócratas convencidos que decían ser). Demasiados países en el exbloque soviético siguen bajo control de líderes autoritarios, entre ellos algunos que, como el presidente ruso Vladimir Putin, aprendieron a mantener una fachada electoral más convincente que sus predecesores comunistas. Estos líderes promueven un sistema de “democracia iliberal” sustentado en el pragmatismo, no en alguna teoría universal de la historia, y se justifican con el argumento de ser más eficaces. Lo cual es indudable si se mide por la capacidad de agitar el sentimiento nacionalista y suprimir el disenso, pero no en lograr crecimiento económico duradero. Cuando cayó la Cortina de Hierro se suponía que (dadas las obvias ventajas del capitalismo de mercado democrático respecto del sistema que acababa de derrumbarse) la economía florecería y los ciudadanos exigirían más voz en la marcha de su país. ¿Qué salió mal? Nunca podremos responder estas preguntas más allá de toda duda, porque es imposible rebobinar y repetir la historia. Pero creo que lo que vemos es en parte herencia de los errores del Consenso de Washington, que definió la transición rusa. La influencia de este marco conceptual es visible en la importancia superlativa que dieron los reformadores al proceso de privatización (sin importar cómo se hiciera), y a su rapidez por encima de cualquier cosa (incluida la creación de la infraestructura institucional necesaria para que una economía de mercado funcione). Hace quince años, cuando escribí La globalización y sus descontentos, sostuve que esta modalidad de reforma económica basada en una “terapia de shock” estaba condenada al fracaso. Las ideas erradas, aun con la mejor de las intenciones, pueden traer consecuencias serias. Y las oportunidades que ofrecía Rusia a la codicia egoísta fueron demasiado irresistibles para algunos. Es evidente que la democratización de Rusia demandaba medidas que garantizaran la prosperidad compartida, no políticas conducentes a la creación de una oligarquía. Los errores de Occidente no deben debilitar la determinación de trabajar ahora en pos de la creación de estados democráticos que respeten los derechos humanos y la legalidad internacional. Estados Unidos está luchando para evitar que el extremismo del gobierno de Trump (por ejemplo, prohibir la entrada a musulmanes, promover políticas ambientales contrarias a la ciencia o amenazar con ignorar acuerdos comerciales internacionales) se convierta en norma. Pero tampoco pueden “normalizarse” las violaciones del derecho internacional cometidas por otros países, como las acciones de Rusia en Ucrania.

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