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Consigna o acuciosidad

Hace ya algunos días conversaba con un párroco que atiende una de las iglesias católicas del suroeste guayaquileño, quien me comentaba la experiencia que les había correspondido vivir a los niños que forma como monaguillos, cuando estos llegaron a la unidad educativa del milenio a la que concurren diariamente portando una pequeña cruz.

En efecto, los niños llevaban al cuello una cinta y un pequeño crucifijo y así entraron a su escuela, esperando ser acogidos con el afecto, el cariño y la amabilidad que un pequeño espera recibir cuando llega a ese otro mundo, parte de su propia vida, en el que pasa mucho de su tiempo. De repente, la sonrisa se trocó en sorpresa: una autoridad del plantel se les acercó y les pidió que retiren sus cruces porque estaban en una institución de formación laica.

Ciertamente nos parece extraño, porque una de las garantías constitucionales de las que gozamos los ecuatorianos es aquella que habla de la libertad de cultos y el derecho que tenemos todos de hablar, profesar y mostrar nuestras creencias.

El laicismo en el siglo XXI, lo hemos dicho siempre, debe entenderse no como la negación de un culto sino como la apertura a toda expresión religiosa que vive una comunidad, en la que en absoluta libertad, cada quien en su escuela o colegio, se pueda formar de conformidad a su personal deseo y creencia. Solo así se estará garantizando el desarrollo de la inteligencia espiritual del ser humano, dimensión absolutamente importante de fortalecer, sobre todo en estos tiempos en que la máquina, la tecnología, la ciencia y la robótica, pudieran llegar a convertirnos simplemente en un instrumento hacedor de cosas, lejos de ese ser capaz de diferenciar por sus conceptos morales, éticos y religiosos, lo bueno de lo malo, lo solidario de lo egoísta, lo espiritual de lo puramente racional y placentero.

Pudo ser un acucioso profesor que llevó al extremo el radicalismo ideológico que vive y nada más. Ojalá solo sea eso y no una consigna dirigida desde autoridad superior, para que no se repita en otros lo que tuvieron que vivir los pequeños monaguillos.

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