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La complejidad de la desigualdad

Desde 2013, cuando Thomas Piketty publicó su tan discutido estudio de la distribución del ingreso y la riqueza, la desigualdad ha estado al frente del debate público en las economías más avanzadas. Se la culpa de todo, desde un crecimiento lento y un estancamiento de la productividad hasta el ascenso del populismo y el voto por el brexit. Pero la desigualdad sigue estando mal definida, sus efectos son sumamente variables y sus causas están en el centro de un debate encendido. No existe ninguna “tasa natural de desigualdad” que caracterice a una economía en equilibrio, un nivel al que los responsables de las políticas puedan apuntar. Más bien, las tasas de desigualdad de los países se miden entre sí -una estrategia limitada que ignora todo, desde las tendencias económicas más amplias hasta las diferencias en el impacto de la desigualdad de la riqueza en poblaciones en diferentes contextos sociales. En un momento en que todos parecen quejarse de la desigualdad, la riqueza, a nivel global, está más distribuida que nunca. Solamente en los últimos 16 años, la cantidad de gente que califica para la inclusión en la clase media global -al nivel de hoy, la gente con activos financieros netos de 7.000-43.000 euros (7.400-44.600 dólares)- se ha más que duplicado, a más de 1.000 millones, o aproximadamente el 20 % de la población mundial. Y no es solo la clase media la que crece. A fines del año pasado, unos 540 millones de personas en todo el mundo podían contarse entre los ricos a nivel global, con activos netos por sobre los 42.000 euros. En las economías emergentes, el porcentaje de riqueza en manos de la clase media se está incrementando, lo que indica una caída en la desigualdad de la riqueza. Es principalmente en el mundo industrializado donde la desigualdad está en alza, y donde el porcentaje de riqueza en manos del 10 % más rico de la población crece más. Esta discrepancia encuentra una explicación, en parte, en el hecho de que la crisis financiera global afectó más a los países avanzados, especialmente en Europa. Pero las políticas monetarias expansionistas que los bancos centrales de los países avanzados implementaron después de la crisis no hicieron más que agravar una situación ya de por sí mala. Las tasas de interés muy bajas reducen la tasa de acumulación de activos de pensiones; todos los hogares, excepto los más ricos, probablemente tengan que fomentar los ahorros y/o reducir el consumo, ahora y en el futuro. La caída del gasto a lo largo de la vida en definitiva tendrá un impacto negativo en el crecimiento y potencialmente generará fracturas sociales en las próximas generaciones. Si las causas y los impactos de la desigualdad difieren entre los países, también deberían diferir las prescripciones en materia de políticas. Para algunos países, como en el sur de Europa, hacer frente al desempleo es crítico para permitir que los hogares de ingresos medios y bajos ahorren y consuman. Otros países deberían centrarse en mejorar las condiciones para el ahorro a largo plazo, como por ejemplo a través de esquemas de pensiones ocupacionales. Y a otros les convendría reducir la carga impositiva, en particular para los asalariados de ingresos bajos y medios. Sin embargo, existe una prescripción en materia de políticas que beneficiaría a muchos de los países con los niveles más elevados de desigualdad. Los bancos centrales deben poner fin a las tasas de interés cero y, especialmente, negativas. Esta medida representaría, por cierto, un buen punto de partida para combatir la creciente desigualdad de la riqueza.

Project Syndicate