iniciativas comunitarias
Del olvido a la cultura: así renació una casa barrial en el sur de Quito
Una casa comunal que permaneció años en desuso se transformó en un centro cultural autogestionado. Teatro, música y talleres son parte de las actividades

Durante la temporada de vacaciones se imparten clases de danza, pintura, magia y manualidades. También hay una sala de teatro para 60 personas.
Lo que debes saber
- Una casa barrial que estuvo en desuso por años en Turubamba Alto hoy es un centro cultural con teatro, biblioteca, música y talleres
- El colectivo La Changa sostiene el espacio con autogestión y voluntariado, mientras busca fondos públicos y privados
- El proyecto ofrece a niños y jóvenes un espacio seguro para aprender arte, fortalecer la comunidad y alejarse de entornos de violencia
La casa barrial de Turubamba Alto, en el sur de Quito, permaneció abandonada por años. Pero ese lugar, donde antes predominaba el abandono, hoy recibe a niños, niñas y jóvenes que llegan para leer, asistir a una función de teatro, aprender música o participar en un taller de arte.
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El colectivo cultural La Changa logró transformar ese espacio en un punto de encuentro comunitario que apuesta por el arte como herramienta para fortalecer el tejido social.
En el colegio se dieron los primeros pasos
Todo inició hace más de dos décadas con un grupo de estudiantes que practicaban zancos como actividad extracurricular en el colegio Amazonas. “Siempre tuvimos pasión por el arte”, recuerda Moisés Soria, uno de los fundadores del colectivo.
Aquellos primeros ejercicios sobre zancos fueron el punto de partida de un proyecto que creció con los años hasta plantearse un desafío mayor: recuperar un espacio comunitario y convertirlo en un centro de arte para los vecinos.
La oportunidad llegó cuando propusieron organizar un curso vacacional en la casa barrial de Turubamba. Inicialmente fue una actividad puntual, pero el interés de los vecinos hizo que el proyecto se consolidara. En una asamblea barrial obtuvieron el respaldo para continuar utilizando el inmueble y desde entonces el proceso no se ha detenido.

El centro cultural tiene una sala de teatro con capacidad para 60 personas.
Un proyecto que creció con "plata y persona"
Cada rincón del centro cultural Turubamba ha sido construido poco a poco. No hubo grandes inversiones ni financiamiento. El teatro, la biblioteca, la sala de sonido, el taller de artes plásticas y la huerta comunitaria son el resultado de años de trabajo voluntario y autogestión.
Soria menciona que en la actualidad el espacio funciona todos los días. Entre 300 y 400 personas visitan mensualmente la biblioteca, mientras que las funciones teatrales convocan entre 30 y 40 asistentes cada fin de semana. Además, grupos de danza utilizan regularmente las instalaciones para sus ensayos.
La programación incluye teatro, cine comunitario, música, títeres, narración oral, talleres de serigrafía, artes plásticas, lectura, música y actividades para niños, jóvenes y adultos. Durante las vacaciones escolares se desarrolla el ‘Turuguagüitos’, en el que cerca de 30 niños participan en clases de danza, magia, pintura, manualidades, lectura y kichwa.
El desafío: sostener el centro cultural
Y si bien se podría pensar que con 15 años el proceso ya está consolidado, lo cierto es que hay varios desafíos. “El quehacer cultural es complicado. Hay quienes piensan que como hemos adecuado y nos hemos mantenido todo este tiempo, hay recursos, pero no es así. Siempre estamos en la búsqueda de fondos concursables o fondos internacionales para continuar”, aclara Soria.
Karen Salcedo, coordinadora del colectivo desde hace más de una década, coincide en que mantener vivo el espacio ha sido un reto constante.
Recuerda que durante años “pasaban el sombrero” al finalizar las funciones de teatro, pero en una ocasión apenas reunieron $9. Desde entonces optaron por un aporte consciente y voluntario de $3 para quienes puedan colaborar, aunque quien no tiene recursos también puede ingresar.

Solo en los vacacionales, más de 30 niños aprenden magia, danza y otras actividades.
Ese modelo apenas alcanza para cubrir gastos básicos como transporte de artistas invitados o materiales para los talleres. Por ello siempre están en la búsqueda de fondos, tanto públicos como privados.
“No siempre se entiende que el acceso a la cultura es un derecho, pero también que los artistas necesitan un trabajo digno”, sostiene Soria.
Espacios que son necesarios en los barrios
Para Patricia Morocho, gestora cultural del colectivo, estos espacios son mucho más que una agenda artística. “Los barrios necesitan lugares donde las personas puedan encontrarse, construir identidad y trabajar de forma colaborativa. Eso también ayuda a generar entornos más seguros y amigables para los niños y jóvenes”, explica.
El proyecto busca precisamente ofrecer una alternativa frente a contextos marcados por la violencia. En lugar de que niños y adolescentes pasen las tardes sin actividades o expuestos a situaciones de riesgo, encuentran un espacio donde aprender, crear y convivir.
Paola Valencia llegó al colectivo hace cuatro años por una razón muy distinta. Primero fueron sus hijos quienes asistían a los talleres. Después ella comenzó a colaborar en la biblioteca y actualmente coordina el área educativa y el vacacional.
“No es común encontrar un centro cultural en medio de un barrio. Aquí los niños tienen un espacio seguro para aprender otras habilidades y compartir con otras personas”, comenta.
Su experiencia también le permitió comprender el enorme esfuerzo que implica sostener un proyecto comunitario. La mayor parte del trabajo es voluntario y las responsabilidades se distribuyen entre los integrantes del colectivo, quienes mantienen sus propias actividades para sostenerse económicamente.
Retos en el campo de la legalidad
Actualmente son 12 miembros permanentes, aunque más de 20 personas colaboran de manera voluntaria en distintas actividades. El equipo reúne actores, actrices, músicos, artistas plásticos, docentes, psicólogos y gestores culturales.
A las dificultades económicas se suman las incertidumbres legales. Aunque el colectivo ocupa la casa barrial desde hace 15 años, aún busca que el Municipio formalice la asignación del espacio para garantizar la continuidad del proyecto. Mientras tanto, las actividades no se han detenido en ese tiempo.

En el espacio también hay un huerto comunitario. Tanto los voluntarios como quienes forman parte del colectivo lo cuidan.
Geovanny Heredia, artista y voluntario del centro cultural desde hace un año y medio, considera que iniciativas como esta podrían replicarse en otros barrios de la ciudad.
“Muchas casas barriales permanecen cerradas o sin uso. Cuando se activan con proyectos comunitarios se convierten en lugares donde las personas vuelven a encontrarse. Eso hace falta en tiempos de violencia”, afirma.
Valencia recalca que se ha construido comunidad alrededor del centro cultural. Algunos de los niños que participaron en los primeros vacacionales hoy regresan como monitores o voluntarios, cerrando un círculo que demuestra cómo el arte puede sembrar pertenencia, identidad y participación ciudadana.