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Diario Expreso Ecuador

Precandidaturas de las elecciones 2026, de la farsa de las primarias al silencio de los nombres

Este panorama es responsabilidad de la Función Electoral. ¿Por qué tanto miedo de los partidos políticos, si el CNE y el TCE velan sobre el proceso?

La Función Electoral no cumple con su rol de control del proceso de primarias. Los partidos políticos tienen miedo en informar sus precandidatos.

La Función Electoral no cumple con su rol de control del proceso de primarias. Los partidos políticos tienen miedo en informar sus precandidatos.CHATGPT

César Febres-Cordero Loyola

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Lo que debes saber

  • El Consejo Nacional Electoral permitió o no supervisó adecuadamente los procesos de democracia interna de las organizaciones políticas durante la selección de precandidaturas.
  • Hay una falta de transparencia en la publicación de alianzas y listas de candidatos, al considerar que el silencio de la mayoría de organizaciones y la ausencia de información oficial debilitan la confianza en el proceso electoral.
  • La Función Electoral ha perdido su papel como garante de la integridad de las elecciones y hay que preservar la institucionalidad democrática frente a decisiones que favorecen al poder de turno.

El artículo 345 del Código de la Democracia reza: “Para el desarrollo de sus procesos electorales internos, las organizaciones políticas contarán con el apoyo, la asistencia técnica y la supervisión del Consejo Nacional Electoral, en una o en todas las etapas del proceso electoral. El Consejo nombrará veedores en los procesos en los que no participe”. 

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De toda la letra muerta que la ley contiene, esta es la que resulta más ofensiva, porque implica que todo lo que hemos visto ocurrir en estas semanas -precandidaturas que pasan de un cantón o de un partido a otro, líderes políticos admitiendo que son ellos o los directores provinciales los que arman las listas y la congregación de montones de alzamanos- ha tomado lugar frente a los ojos de los funcionarios del CNE y ha sido sacramentado por ellos. 

O bien eso, que hayan consentido con su “supervisión” y “asistencia” los supuestos procesos de democracia interna de las organizaciones políticas, o bien simplemente no asistieron, lo que hubiera resultado en la misma cosa.

Pero lo que ha venido ocurriendo después, habiendo fenecido los plazos para la celebración de las internas el 2 de julio y para el registro de las alianzas el 18, es todavía peor. Tanto periodistas como meros observadores han señalado que esta es una elección bastante inusual, dado que muchas organizaciones políticas, en vez de entregarse de lleno a las precampañas (de por sí ilegales) con sus precandidatos, guardan silencio sobre sus listas y esconden sus cartas hasta el último momento. 

Aunque muchos saben, por ejemplo, que el Partido Socialista es por ahora el nuevo albergue del correísmo, sus dirigentes se niegan a confirmar esa decisión, mientras que el Partido Social Cristiano evita anunciar quiénes serían los reemplazos de los precandidatos que renunciaron en Daule y Samborondón. 

El contraste con el movimiento oficialista ADN es claro. La lista morada, a diferencia de prácticamente la totalidad del resto de partidos y movimientos, es la única que ha lanzado comunicados o publicaciones en redes proclamando sus principales precandidaturas en todo el país y a todo color.

La responsabilidad de la Función Electoral 

Esta política del silencio, al igual que la farsa de las primarias, también es responsabilidad de la Función Electoral. ¿Por qué tanto miedo, si el Consejo Nacional y el Tribunal Contencioso electorales velan sobre el proceso? Además, ¿no deberían estar disponibles ya los nombres de las alianzas y precandidaturas debidamente ingresadas en el CNE? ¿Por qué no los conoce en detalle la prensa, como en anteriores períodos? Se podría decir que algo huele a podrido, pero esta vez no en Dinamarca, sino tan solo a un par de cuadras de la calle Noruega. Dicho de forma más directa: algo anda mal en nuestra democracia.

Es extraño que esto sea así en un país en el que existen cinco funciones o poderes del Estado, uno de ellos enteramente dedicado al control de los procesos electorales. Aunque algunas personas relacionan esta inflación estructural con el intento de refundar el país en Montecristi, ya desde las épocas de Velasco Ibarra se hablaba de un organismo electoral independiente de las tres ramas tradicionales del poder público. 

En un país controlado por más de un siglo a través del fraude, la compra de votos y conciencias y el ruido de sables, la idea de erigir un institución que tuviese el mismo estatus que el gobierno, el parlamento y las cortes tenía mucho sentido. De ese esfuerzo por garantizar la independencia de la Función Electoral, con el tiempo nació la idea de que sus funcionarios se convierten en la autoridad suprema de la República durante las elecciones, algo así como una especia de tribunos sacrosantos.

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Pero ese poder, en vez de servir para proteger la sacralidad de los procesos electorales e infundir respeto por las normas en los políticos, más bien ha sido usado para sacramentar las decisiones del poder de turno. 

Recordemos, por ejemplo, como en el 2007 el Tribunal Supremo Electoral se prestó para destituir a 57 diputados gracias al voto, entre otros, de una vocal roldosista cuyo líder y hermano confesó que tranzó su apoyo a cambio de una amnistía que nunca llegó. O como, en esta misma elección, la fecha del sufragio se adelantó en una decisión sin ningún precedente y con muy poco sustento técnico (El Niño bien que puede llegar o no, y si lo hace podría asomarse en pleno noviembre, cosa que ya hizo en el pasado).

La marcha hacia estas elecciones empezó hace largo tiempo. Velemos por que no sean los últimos pasos de nuestro sistema, por más imperfecto que sea.

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