Lo mejor que puede ocurrir es que el Museo Nacional de Ecuador no se construya
Análisis | El gobierno del presidente Daniel Noboa echó a perder el proyecto cultural más atractivo que recuerde el Ecuador en al menos los últimos 50 años

El ministro Roberto Luque, conocido por el caso Progen, fue el que planteó repetir y seleccionar a un nuevo ganador del concurso del diseño para el Museo Nacional.
Las claves que debes saber
- Gobierno de Noboa ratifica diseño de Sanaa para Museo Nacional tras dos concursos en Quito.
- Exjurado cuestiona el proyecto por riesgos técnicos, costos y conservación del patrimonio cultural.
- Polémica crece por presuntas irregularidades, conflictos de interés y cambio del ganador original.
Pudieron ahorrarse plata, tiempo y bochorno: finalmente, al cabo de un escándalo y dos concursos (uno legítimo, con un jurado internacional de primer nivel que deliberó durante más de un mes; otro de juguete, con una apresurada reunión de amigos que no tuvieron inconveniente en prestarse para la manipulación y sacar un veredicto en poco más de un día), el proyecto arquitectónico elegido para convertirse en la sede del nuevo Museo Nacional del Ecuador fue exactamente el mismo que el gobierno de Daniel Noboa había designado a dedo desde el principio.
¿Alguien podía creer que ocurriría de otra forma? Se trata de “Estratos vivos”, diseño del estudio japonés Sanaa, de la arquitecta Kazuyo Sejima, con sus socios ecuatorianos A0, de Ana María Durán Calisto, entre otros.
Es el proyecto que, durante el primer concurso, el verdadero, el gobierno quiso imponer como segundo premio con la evidente intención de reemplazar con él al que resultara ganador. El jurado no admitió las presiones y premió al que consideró mejor. Lo demás es historia.
¿Por qué el jurado inicial no escogió al nuevo ganador?
El español Alejandro Zaera Polo, miembro de ese primer jurado de calificación (arquitecto por la Politécnica de Madrid, postgraduado en Harvard, exdecano de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Princeton…), ha explicado con argumentos técnicos que no han sido rebatidos por nadie hasta la fecha las razones por las cuales el proyecto de Sanaa, elegido no por nadie más sino por el gobierno, era uno de los peores del concurso.
Si le dieron una mención, explicó en el podcast Politizados, de este Diario, fue para manejar las presiones políticas.
Salas poco o nada flexibles, más bien pequeñas y delimitadas por grandes ventanales de vidrio curvo, que prácticamente no ofrecen ninguna posibilidad de juego museográfico; sobre ellas, una secuencia de terrazas que hará de las filtraciones un problema permanente; un acceso constante del público desde el exterior a todos los niveles, incompatible con las exigencias de seguridad de los tesoros que ahí se guardan; archivos y reserva instalados en el subsuelo, en una zona (la de la vieja laguna de Iñaquito) conocida por su altísimo nivel freático, es decir, la profundidad a la que se encuentra la parte superior del acuífero subterráneo, el punto donde la tierra está completamente saturada de agua. En otras palabras: espacios inundables.
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Sin contar con el permanente riesgo sísmico de Quito, que se cuenta entre los más altos del mundo. Por eso, una de las consideraciones del primer jurado fue que el subsuelo era el lugar más irresponsable para situar la reserva del museo.
Eso es el proyecto ganador por voluntad del gobierno: un proyecto irresponsable. Peor aún: un anteproyecto. Ahora viene un concurso público para adjudicar la construcción, etapa en la que se descubrirá que los desafíos del diseño de Kazuyo Sejima obligarán a ajustar los presupuestos (los cien millones de dólares ya asignados serán insuficientes, según Zaera Polo) o introducir variaciones para abaratar el diseño y que terminarán convirtiéndolo en un esperpento.
Luque evade plan inmobiliario y el conflicto de interés
Roberto Luque, el ministro a cargo de este nuevo proyecto casi tan caro como Progen, no responde a ninguna de estas críticas. Le basta con el argumento de la supuesta voluntad popular, que no es otra cosa que la razón populista.
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El museo, dice, debe ser un punto de encuentro en el que los ciudadanos se reconozcan y con el que se identifiquen. Como si el extraordinario patrimonio histórico y cultura que se va a exhibir ahí no tuviera el suficiente poder de convocatoria y la suficiente capacidad de generar identidad y encuentro.
Por lo demás, el ministro no sabe ni contesta. No se ha enterado, así dice, de ningún proyecto inmobiliario en las inmediaciones, aunque hasta la exviceministra de Cultura habló de las cinco torres en el terreno adyacente y el propio Alberto Campo Baeza, arquitecto del proyecto que ganó el primer concurso y fue desconocido por voluntad del gobierno, las incluyó en sus planos tridimensionales.
Tampoco sabe nada Roberto Luque sobre los conflictos de interés de los miembros del jurado de juguete que nombraron para el simulacro de concurso con el que se completó el proyecto.
Que el Grupo Nobis, para quien trabaja uno de ellos, el arquitecto Christian Wiese, a cargo del desarrollo inmobiliario de otro de los lotes circundantes, no es del presidente sino de la tía, explica, y cuesta creer que está hablando en serio.
El Gobierno olvida el significado del Museo Nacional
¿Y en cuanto a los líos jurídicos que provocará el hecho de haberle quitado el primer premio a su legítimo ganador? “Ese es un problema del Colegio de Arquitectos”, se lava las manos el ministro de Progen.
Porque proclamaron al ganador sin consultar con la empresa pública a cargo del proyecto. O sea que el jurado internacional que tomó su decisión estaba ahí de adorno: al final era la empresa pública la que tenía la última palabra.
El caso es que no habrá en el Ecuador un auténtico museo nacional digno de ese nombre mientras dure el gobierno de Daniel Noboa.
Y no lo habrá porque la burocracia a cargo, esa argolla de especuladores enchufados que tuvieron la audacia de desprenderse de los especialistas (la viceministra de Cultura Romina Muñoz y su equipo técnico, incluido el director del Museo), esos funcionarios como el ministro de Progen, gente sin densidad intelectual ni profundidad espiritual para comprender lo que aquí está en juego, no son ni remotamente capaces de entender la dimensión del patrimonio cultural e histórico de la nación en aquello que tiene de intangible, si es que acaso la palabra “nación” les dice algo.
Para ellos nomás existe el gobierno como oportunidad de hacer negocios. Lo mejor que puede pasar en esas circunstancias es que el Museo Nacional no se construya.