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Diario Expreso Ecuador

Elecciones 2026: Guayaquil se quedó sin caudillos y ahora todos quieren heredarla

La ciudad no ha dejado atrás al socialcristianismo, al correísmo, ni al aquilismo. Lo que ha perdido es un eje capaz de ordenar a todo el Puerto Principal

La pelea por la Alcaldía de Guayaquil tiene, de momento, varios contendores y cada uno representa un línea diferente.

La pelea por la Alcaldía de Guayaquil tiene, de momento, varios contendores y cada uno representa un línea diferente.CHATGPT

Pamela León Andriuoli
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Lo que debes saber

  • Las próximas elecciones en Guayaquil se desarrollarán en un escenario de fragmentación política, donde ninguna fuerza parece conservar por sí sola la capacidad de ordenar el voto como ocurrió durante décadas.
  • Cad una de las principales candidaturas enfrenta dificultades para consolidar una mayoría, ya sea por el desgaste político, la falta de estructura territorial o la dependencia de liderazgos ajenos.
  • La elección definirá quién logra liderar una ciudad que ha perdido un eje político dominante y cuyo electorado se encuentra repartido entre varias fuerzas en competencia.

Durante más de treinta años, el socialcristianismo gobernaba. En 2023, el correísmo quebró esa hegemonía. Tres años después, ni el bloque que ganó ni el que perdió llegan enteros a las nuevas seccionales.

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La Revolución Ciudadana debió sustituir a Juan Pablo Molina por David Norero, cercano a Álvarez. El PSC conserva a Andrés Roche como candidatura propia, Mónica Luzárraga disputa el espacio de la izquierda, mientras que Cynthia Viteri aceptó representar a ADN.

El resultado es un sistema local en proceso de desalineamiento. La hipótesis es que Guayaquil ya no se organiza alrededor de dos bloques capaces de disciplinar el voto, sino de varias candidaturas que intentan recomponer mayorías con fragmentos del tablero anterior. Posiblemente ninguna fuerza parece conservar por sí sola la capacidad de ordenar la ciudad.

El oficialismo se vuelve competitivo al incorporar a una exalcaldesa con alto conocimiento y trayectoria, considerando que esto reduce los costos de entrada de ADN en una plaza donde carecía de implantación histórica.

Las fortalezas y debilidades de los principales precandidatos 

Viteri parte, probablemente, con el mayor nivel del conocimiento. Pero conocimiento no equivale a adhesión. Debe trasladar hacia ADN un capital construido durante décadas dentro del socialcristianismo. Puede beneficiarse de la coordinación con el poder central, pero carga con tres desgastes: haber perdido en 2023, competir junto a un Gobierno sometido a evaluación por el solo hecho de estar en funciones y romper con la identidad partidaria que sostuvo su trayectoria. 

Con Viteri opera, además, una variable menos visible pero electoralmente relevante; la reducción de incertidumbre frente a candidaturas nuevas o con menor trayectoria ejecutiva. La hipótesis favorable es que conserva un piso amplio. La contraria, que ese capital no es completamente transferible.

Roche disputa otra dimensión. Busca recuperar el discurso de orden, gestión y autoridad de las administraciones de Febres-Cordero y Nebot, pero con una comunicación digital más rápida, confrontativa y capaz de instalar agenda, mejor que varias candidaturas del puerto principal. Ese activo modifica su perfil, pero puede producir una ilusión de competitividad si no se traduce en organización.

El caso de Francesco Tabacchi (en el pasado) ofrece una imagen elocuente. Tuvo una campaña digital celebrada, instaló temas y parecía dominar parte de la conversación; aun así, no superó el 1% de los votos. El antecedente no permite equiparar candidaturas ni proyectar el mismo resultado sobre Roche. Pero demuestra que visibilidad, centralidad discursiva y rendimiento electoral pertenecen a niveles diferentes.

Una campaña opera en tres planos. El simbólico, donde se construyen temas y marcos interpretativos. El territorial, donde importan dirigentes, presencia física y capilaridad barrial. Y el electoral, donde se decide la movilización, la logística y el cuidado del voto. Roche debe hacer que su instalación temática descienda hacia esos niveles. Si permanece solo en el plano simbólico, puede ganar conversación sin construir mayoría.

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Luzárraga encabeza una alianza entre Unidad Popular, Pachakutik y Futuro. Es la candidatura ubicada con mayor claridad en una izquierda y centroizquierda no subordinadas a la Revolución Ciudadana. Esa posición le concede diferenciación, pero no garantiza cohesión.

Debe demostrar que la alianza expresa algo más que una suma de siglas y que existe espacio para una izquierda autónoma frente al correísmo.

Roche y Luzárraga son, probablemente, las candidaturas con mayor carga ideológica de la contienda. Esa densidad ideológica puede darles mayor coherencia narrativa y capacidad de fidelización, aunque también puede reducir su elasticidad electoral.

Norero enfrenta quizá el problema más complejo. Su candidatura parte menos de una construcción propia que de la necesidad de administrar y transferir el capital político de Aquiles Álvarez. Puede desarrollar autonomía, pero su condición inicial depende de un liderazgo 100 % ajeno.

El aquilismo tampoco parece homogéneo. Allí conviven quienes votaron por la alternancia frente al PSC, quienes se identificaron con la confrontación contra el Gobierno, quienes valoran y recuerdan la gestión municipal y quienes hoy se movilizan alrededor de la situación judicial de Álvarez (que también tiene varios matices). Norero deberá identificar qué une a esos electorados y cuánto de ese respaldo pertenece al proyecto o exclusivamente al líder.

Guayaquil no ha dejado atrás al socialcristianismo, al correísmo, ni al aquilismo. Lo que ha perdido es un eje capaz de ordenar por sí solo a toda la ciudad.

La elección definirá quién logra liderar un Guayaquil que, por primera vez en décadas, parece no pertenecerle completamente a nadie.

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