A quien nunca se engaña: nuestra conciencia
A quienes hoy tienen poder, cualquiera sea su ámbito, les diría algo muy sencillo: recuerden que la silla no es suya; algún día, alguien más se sentará en ella

El poder de un cargo es efímero; solo la conciencia y el respeto por uno mismo permanecen cuando las puertas de la oficina se cierran.
Hay cosas que con el tiempo pierden importancia; otras, en cambio, no. Dedico esta columna a las primeras. Algunos ejemplos de las que un día pierden la efímera relevancia que un día tuvieron son: un cargo, un escritorio, una oficina o una placa en la puerta. Todo eso un día se esfuma.
El poder, aunque mientras se lo tiene parezca eterno porque obnubila, se acaba. Lo que queda es algo mucho más sencillo y más difícil de convencer: la conciencia. Lo digo porque en la vida, y particularmente cuando se administra justicia o se tiene algún tipo de poder sobre los demás, llega un momento en que cada persona tiene que preguntarse qué está dispuesta a hacer para conservar su metro cuadrado. Hay quienes cuidan ese metro cuadrado con una dedicación admirable, pero también cuestionable.
Agachan la cabeza, miran hacia otro lado cuando conviene, dicen lo que deben decir, firman lo que tienen que firmar y aprenden rápidamente cuándo hablar y cuándo no. No necesariamente porque crean que sea lo correcto, sino porque entendieron que así viven más cómodos. Y quizá tengan razón. La comodidad es una tentación bastante poderosa, pero muy cuestionable.
Más allá de aquello, hay una pregunta que nadie más puede responder por nosotros: ¿se duerme tranquilo? Porque una cosa es salir de una oficina con el cargo intacto y otra muy distinta salir sabiendo que hicieron lo correcto. Una cosa es conservar el puesto y otra conservar el respeto por uno mismo, y cuando llegue el día en que ya no esté el cargo y el poder se haya ido, será difícil convencer a la propia conciencia de que todo estuvo bien solo porque fue conveniente en un momento determinado.
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IVONNE MANTILLA
La conciencia no se puede engañar
A quienes hoy tienen poder, cualquiera sea su ámbito, les diría: recuerden que la silla no es suya; algún día, alguien más se sentará en ella y ustedes volverán a ser simplemente ustedes. Ese día ya no tendrán llamadas que atender, favores que devolver ni puertas que abrir. Solo quedará la memoria de lo que hicieron cuando pudieron hacerlo.
Y ojalá cuando llegue ese momento puedan dormir tranquilos con su conciencia, porque a ella no se la puede engañar. Mi respeto y admiración a quienes desde cualquier arista que corresponda, pública, privada hacen lo que su conciencia y la razón dictan, aunque muchas veces no sea del agrado de otros; pero están muy, pero muy tranquilos con su conciencia, a la que nunca se engaña.