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Diario Expreso Ecuador

La loquita del centro

Una reflexión sobre Nicaragua y Rosario Murillo cuestiona la concentración del poder y advierte sobre los mecanismos que pueden erosionar una democracia

Rosario Murillo y Daniel Ortega concentran el poder político en Nicaragua, país señalado por organismos internacionales por restricciones a derechos y libertades.

Rosario Murillo y Daniel Ortega concentran el poder político en Nicaragua, país señalado por organismos internacionales por restricciones a derechos y libertades.ARCHIVO

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Casi todas las ciudades latinoamericanas tienen una loquita del centro. Ese personaje excéntrico, ataviado estrambóticamente, conocido por todos y parte del paisaje urbano. Habla sola, predica, anuncia desgracias, conversa con Dios o revela conspiraciones imposibles.

La lectura de una crónica de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto me llevó a pensar en el triste derrotero de Nicaragua. En cómo un país que alguna vez despertó tantas esperanzas terminó convertido en una dictadura familiar. Y en que hoy parece gobernado por alguien que recuerda demasiado a aquel personaje urbano y por su marido, o su títere.

Rosario Murillo y el poder en Nicaragua

Rosario Murillo tiene la estética, los vestidos, los accesorios, las invocaciones a Dios y las revelaciones. Solo que es copresidenta de Nicaragua. Y mientras habla de una patria “bendecida, prodigiosa y victoriosa”, el régimen encarcela opositores, confisca propiedades, expulsa críticos y despoja de la nacionalidad a quienes le incomodan. Ortega fue más allá. Dijo que no habría más elecciones. Difícil encontrar una definición de dictadura más clara.

Sin embargo, hay quienes se resisten a verlo. En Ecuador, conspicuos correístas hacen contorsiones cada vez que alguien les pregunta qué régimen tiene Nicaragua. Hablan de soberanía, de agresiones externas, de las peculiaridades de cada proceso político o de cualquier cosa que les permita esquivar el bulto. Aunque desagrade, conviene escucharlos. Nos aclara qué entienden por democracia quienes aspiran a volver al poder.

Cuando las elecciones dejan de importar

Porque así mueren las democracias. No siempre con tanques en las calles o soldados cerrando el Congreso. Mueren mientras se capturan jueces, se persigue al adversario, se acomoda la Constitución, se eliminan contrapesos y finalmente se decide que votar resulta innecesario. Y también, con la anuencia de quienes, por afinidad ideológica, se niegan a llamar las cosas por su nombre.

A la loquita del centro de nuestras ciudades podemos verla pasar, sonreír y seguir nuestro camino. No gobierna a nadie. El triste derrotero de Nicaragua demuestra qué ocurre cuando un personaje parecido llega al poder.

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