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Diario Expreso Ecuador

El lujo más viejo del mundo

El auge del llamado lujo intelectual reconfigura el prestigio social, pero revive antiguas jerarquías asociadas al conocimiento

El acceso masivo a la información ha transformado la relación entre conocimiento y prestigio.

El acceso masivo a la información ha transformado la relación entre conocimiento y prestigio.Canva

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Cada época reparte el prestigio a su manera, y la nuestra anuncia un cambio de reglas. El nuevo lujo es intelectual, se proclama en algunos salones. Ya no seduce quien muestra lo que tiene sino quien muestra cómo piensa. La idea ocupó el lugar del objeto, y se celebra como una emancipación.

Desconfío de esta buena noticia. Los que más se quejan de ella son los que más ganan. La superioridad intelectual no es la nueva forma del estatus, es la más antigua. El culto despreció al inculto antes de que el rico despreciara al pobre, y el desdén viajó también en sentido contrario. Lo que el coro celebra como novedad, que por fin la mente vale más que las cosas, es el regreso de la divisa primera, la que precede al dinero. Antes del lujo material ya existía el que miraba por encima del hombro al que no sabía.

La democratización del acceso al saber

El entusiasmo tiene razón en algo. El saber se abarató. Lo que antes vivía en pocas bibliotecas hoy cabe en un teléfono, y alguien que nunca habría tocado una idea la tiene a mano. Pero el mercado reparte una versión franquiciada, resúmenes de resúmenes. Casi todos quedan satisfechos, y solo unos pocos notan que no comieron nada.

Esa abundancia no deshizo la jerarquía vieja. La alimentó. Mientras más gente acepta el pensamiento precocido, más raro se vuelve el que lee despacio, y lo raro siempre se cotiza. El saber de todos devolvió al de pocos su razón de ser.

Y sin embargo, habría que dudar del propio reproche. Que casi todos lean rápido, que descarten el fondo y vayan a la idea principal, no es solo pereza. Responde a que hay demasiado y no alcanza la vida para leer todo despacio. La asimilación veloz, que salta el matiz y busca el centro, es también una destreza, la que esta época exige para no ahogarse. Quien la menosprecia quizás no defiende el saber. Quizás defiende su propio ritmo, más lento, más artesanal. No hay que idealizarlo.

Con todo, la buena noticia dice menos de lo que promete. Lo incómodo es que nadie se sube a una jerarquía sin que se le tuerza un poco la mirada sobre sí mismo. También esta página. El nuevo lujo no es solo intelectual. Es conservar la sospecha, no importa cuánto sepas, de que quizá uno no está del lado bueno.

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