Candidato
Los ecuatorianos deben decidir en las próximas elecciones entre la opción de la renovación y la comodidad de delegar su destino a los políticos de siempre

Quito, Guayaquil, Cuenca, Manta o Machala aún tienen presencia internacional muy inferior a la que deben alcanzar. Ello dependerá del gobierno que elijan.
Hace unos pocos años algunos teóricos rescataron una idea que parecía olvidada desde la antigüedad: confiar el gobierno a ciudadanos comunes escogidos por sorteo para ejercer cargos durante períodos muy breves. No porque fueran mejores que los políticos profesionales, sino porque la rotación disuade la formación de élites políticas permanentes, reduce incentivos para la corrupción y recuerda que gobernar es también un deber cívico y no solo una carrera. Tiene además otra consecuencia menos evidente: nos obliga a asumir que la calidad del gobierno no depende exclusivamente de un líder y sino de la gente.
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Liderazgo político y futuro de las ciudades
Todo liderazgo político que aspire dejar huella en una sociedad necesita tiempo. Pero esa moneda tiene otra cara: cuanto más tiempo las mismas personas controlan las instituciones, más las adaptan a su propia permanencia. Desde la antigüedad las sociedades han intentado resolver esa tensión de distintas maneras. Los atenienses privilegiaron la rotación; nuestras comunas cambian mandatos anualmente; la Roma imperial terminó concentrando el poder durante décadas; nosotros seguimos oscilando entre ambos impulsos.
Vistas desde esa perspectiva, las próximas elecciones seccionales son interesantes. Algunas figuras son la continuación de proyectos políticos que llevan años, incluso décadas, ocupando el escenario público. Otros pocos llegan desde fuera de la política profesional.
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¿Debe esa diferencia influir en nuestro voto? Tal vez sí. Hoy las ciudades compiten entre sí por inversión, talento, innovación y prosperidad mucho más que los propios países. Quito, Guayaquil, Cuenca, Manta o Machala todavía tienen una presencia internacional muy inferior a la que deben alcanzar. Su gobierno importa porque de él depende buena parte del futuro de nuestra gente.
No hay respuesta universal. Tras bastidores, nuestra inclinación por los liderazgos largos y poderosos no responde únicamente a la eficacia, sino también a una necesidad muy humana: la comodidad de atribuirle a alguien responsabilidad sobre nuestro destino. Y ese, precisamente, es el gran riesgo a tener en mente.