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Diario Expreso Ecuador

Así quieren matar al anticorreísmo

Cuando el anticorreísmo pasa de defender la democracia a ser propaganda al servicio del poder, pierde su legitimidad moral

Cuando las etiquetas políticas se vacían de contenido ético para perseguir a la crítica, la democracia pierde su escudo

Cuando las etiquetas políticas se vacían de contenido ético para perseguir a la crítica, la democracia pierde su escudoInteligencia Artificial

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El anticorreísmo nació como una respuesta ética al autoritarismo cleptocrático. El movimiento que resistió al gobierno de Rafael Correa representaba una posición cívica que trasciende a un gobernante autoritario en particular: el anticorreísta es, básicamente, enemigo del autoritarismo, cualquiera que este sea y sin importar la ideología con la que se presente. 

Pero desde el momento en que Daniel Noboa asumió el poder, el concepto de anticorreísmo ha ido perdiendo significado. Noboa y quienes llegaron con él al poder empezaron ufanándose de no ser “anti” de nada. En su discurso de posesión lo dejó claro: “Como lo dije durante toda la campaña: no soy anti nada, soy un pro Ecuador”.

De hecho, quienes se subieron al carro triunfalista aseguraban haber descubierto la clave de la victoria de Noboa: había superado la polarización y había acabado con el clivaje político, decían. Así lo repetían analistas, expertos en marketing político y consultores electorales que desfilaban cada mañana por los programas de televisión. La gran virtud de Noboa, sostenían, era haber enterrado el anticorreísmo porque había superado un concepto que, según ellos, mantenía dividida a la sociedad.

Para sostener esa tesis, los analistas recordaban -y con razón- que, durante toda su vida política, Noboa nunca había sido anticorreísta. En efecto, durante su paso por la Asamblea Nacional nadie lo escuchó hablar en contra de Rafael Correa. Es más, con quienes mejor relación personal mantenía era precisamente con las asambleístas del correísmo más duro, como Marcela Holguín.

La construcción de un enemigo político

Pero más adelante alguien le dijo -o él mismo llegó a esa conclusión- que necesitaba un enemigo para que su discurso tuviera mayor fuerza y no perdiera popularidad. Y, de golpe, se puso el traje de anticorreísta. Más aún: convirtió el aparato de comunicación de su gobierno en una maquinaria destinada a silenciar y desacreditar a quienes comenzaron a criticarlo, etiquetándolos de correístas.

Cuando el anticorreísmo deja de significar la defensa de la democracia y las libertades para convertirse en una simple etiqueta propagandística al servicio del poder, pierde su legitimidad moral. Y un anticorreísmo deslegitimado termina siendo el mejor aliado del correísmo, porque le permite volver a presentarse como la única oposición frente a un nuevo autoritarismo.

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