Hartazgo e impotencia por un país en abandono
Extorsiones, violencia y crisis de salud hunden al Ecuador en la impotencia; es hora de exigir resultados ante la peligrosa resignación de la sociedad

La inseguridad no da tregua. En ciudades como Guayaquil, Durán, Esmeraldas o Machala, los asesinatos, los asaltos y las extorsiones se han convertido en parte del paisaje cotidiano.
Hay un sentimiento que hoy atraviesa al Ecuador de norte a sur, sin distinguir ideologías, clases sociales ni edades: el hartazgo. Y junto a él, una sensación aún más corrosiva: la impotencia. La ciudadanía observa cómo los problemas se acumulan, las promesas se repiten y las soluciones nunca llegan. El resultado es una peligrosa normalización del fracaso del Estado.
Ese deterioro se refleja con especial crudeza en la salud pública. Hospitales sin medicinas, sin especialistas, con equipos dañados y camas inutilizadas. Cada anuncio oficial promete compras urgentes, reestructuraciones o soluciones inmediatas, pero la realidad desmiente el discurso. Mientras tanto, miles de pacientes esperan, sufren o mueren.
Inseguridad, caos en la movilidad y extorsiones
Como si ello no bastara, la inseguridad tampoco da tregua. En ciudades como Guayaquil, Durán, Esmeraldas o Machala, los asesinatos, los asaltos y las extorsiones se han convertido en parte del paisaje cotidiano. Lo más preocupante es que el país empieza a perder la capacidad de asombro. Cuando la violencia deja de sorprender, significa que la sociedad se está resignando a convivir con ella. Y esa es una derrota colectiva.
A esa realidad se suma el caos de la movilidad urbana. En Guayaquil, los interminables congestionamientos provocados por accidentes de vehículos pesados, la falta de planificación vial y un sistema de transporte que no evoluciona convierten cada jornada en una prueba de resistencia. Son años de los mismos diagnósticos y de la misma inacción.
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En paralelo, las extorsiones están destruyendo el tejido económico de los barrios. Miles de pequeños comerciantes trabajan no para crecer, sino para sobrevivir y pagar las llamadas ‘vacunas’. El miedo se ha convertido en un impuesto ilegal que las bandas criminales cobran con impunidad.
Frente a este panorama, el verdadero peligro es que los ciudadanos pierdan la confianza en las instituciones y concluyan que exigir, participar o reclamar ya no sirve de nada. Cuando el hartazgo se convierte en resignación y la impotencia sustituye a la esperanza, la democracia se debilita desde sus cimientos. Recuperar la confianza exige menos discursos y más resultados. Porque un país no puede acostumbrarse a vivir frustrado.