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Diario Expreso Ecuador

Las víctimas colaterales y el valor de la vida

La inseguridad y el aumento de víctimas exigen un plan eficaz. Las estrategias del Gobierno no logran frenar al crimen y crece la indefensión ciudadana

La ciudadanía necesita un plan de seguridad eficaz que garantice tranquilidad sostenida y que devuelva la confianza en la vida diaria.

La ciudadanía necesita un plan de seguridad eficaz que garantice tranquilidad sostenida y que devuelva la confianza en la vida diaria.CANVA

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La violencia criminal en el país ya no solo se mide por cifras oficiales o partes policiales: se siente en la vida cotidiana, en el miedo que se instala en las calles y, sobre todo, en el dolor silencioso de las víctimas colaterales.

Y es que, aunque esas víctimas colaterales no estaban involucradas, y pese a que tampoco tenían cuentas pendientes, sino que simplemente estuvieron en el lugar equivocado en el momento equivocado, su número crece cada día con una rapidez alarmante.

Ello está dejando en evidencia que las estrategias de seguridad implementadas por el Gobierno no están logrando contener la expansión del crimen.

Resulta inquietante que los picos de violencia solo disminuyan cuando se imponen medidas extremas como los toques de queda. Por eso esa disminución no puede interpretarse como un éxito, sino como una señal de que el control real del territorio sigue siendo frágil.

Anunciar reducciones temporales de delitos no resuelve el problema de fondo. La ciudadanía no necesita estadísticas que den un respiro momentáneo, sino un plan de seguridad eficaz que garantice tranquilidad sostenida y que devuelva la confianza en la vida diaria.

La percepción de inseguridad se ha incrmentado

Aún más preocupante es el deterioro de la confianza en la fuerza pública.

Casos en los que agentes llamados a proteger la vida terminan siendo protagonistas de hechos violentos, incluso contra sus propios familiares, profundizan la sensación de indefensión. Porque cuando quienes deben resguardar el orden cruzan esa línea, el mensaje que recibe la sociedad es devastador: la vida pierde valor y las instituciones se debilitan más.

En este contexto, la violencia deja de ser un fenómeno aislado para convertirse en una amenaza estructural que erosiona la convivencia. Las víctimas colaterales no son daños inevitables, son el reflejo de una crisis que exige respuestas urgentes, integrales y coherentes. Porque mientras no se priorice la protección real de la ciudadanía, seguiremos contando muertos que nunca debieron ser parte de esta historia.

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