Columnas

Xavier se fue a trabajar

No: Xavier Hervas no es la renovación de la política. Es la figura que aparece en el poso lodoso y maloliente con el que se topa la política de siempre cuando toca fondo.

Xavier Hervas ha dejado en la orfandad a su millón y medio de votantes. Al menos hasta 2025 (quién sabe si 2023), cuando previsiblemente vuelva al ruedo de la contienda electoral haciendo de nuevo lo que él sabe: ser un candidato. Hasta mientras, ni lo llamen: él no apoyará (ni negará su apoyo, se entiende) a nadie; él no hará alianzas ni ninguna de esas cosas feas que hacen los políticos. Él se dedicará a trabajar.

Xavier Hervas es la figura más descollante de una nueva especie de jóvenes no políticos cuya firme voluntad de renovar la política empieza por mantenerse al margen de ella, libres de contaminación. La Izquierda Democrática parece tener predilección por estos jóvenes. Primero le ofrecieron la candidatura a Inty Grønneberg, un científico cargado de buenas intenciones que se dio por vencido, como admitió en un tuit, cuando su “proyecto de renovación real de la política” chocó, oh sorpresa, con la política. Ahora apoya al correísmo, como demostración incontestable de que la política que quiere renovar con tanta urgencia le vale, en el fondo, tres atados.

Xavier Hervas va más lejos: ha decidido emprender su propia renovación de la política ecuatoriana ofreciéndole, cada dos, cada cuatro años, lo que a la política ecuatoriana evidentemente más falta le hace: un candidato. ¿Qué vendrá después de la patineta? ¿Qué nuevos territorios nos depararán de aquí en cuatro años las tecnologías de la comunicación para que Xavier Hervas los conquiste con su estilo informal y desenfadado? ¿Cómo nos hará reír? El millón y medio de votantes no puede más con la curiosidad. Hasta tanto, que se las arreglen solos. ¿Votaron por Hervas porque se sentían representados por él? Pues que se busquen a otro. O mejor aún: que trabajen, si pueden.

Xavier Hervas no representará a nadie hasta la próxima elección salvo a sí mismo.

Xavier Hervas no puede, por tanto, apoyar o negar el apoyo a nadie para la segunda vuelta. No le conviene: él tiene que trabajar, es decir, dedicarse a sus negocios habituales, la exportación de brócoli y esas cosas. Ocurre que uno de los aspirantes a la Presidencia promete la reedición de un proyecto autoritario que el país ya conoce por sus nefastas consecuencias de corrupción, pérdida de libertades y violación de derechos. Ante eso, la mejor lección que puede ofrecer él, hombre de trabajo, a su millón y medio de votantes, es que precisamente con este tipo de gobiernos autoritarios, corruptos, violadores de libertades y derechos, conviene llevarse de la mejor manera posible. Así se precautelan las oportunidades de negocios que permiten seguir creando fuentes de trabajo, que es la única manera de cambiar al país, no la política.

Xavier Hervas, es verdad, ha hablado pestes en contra del autoritarismo que nos gobernó diez años. Pestes que calló, precisamente, durante esos diez años. Pero Andrés Arauz, claro, no tiene nada que ver con eso. Él es un líder joven que también quiere renovar la política y que se ha dado el lujo de criticar al gobierno del que fue parte. Cuando sea presidente, muy probablemente veremos a Xavier Hervas acompañándolo a Rusia o a la China, a ampliar los mercados para su brócoli gracias a que tuvo la sabiduría de irse a trabajar cuando un millón y medio de personas esperaban definiciones de su parte.

No: Xavier Hervas no es la renovación de la política. Es la figura que aparece en el poso lodoso y maloliente con el que se topa la política de siempre cuando toca fondo.