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En la nube del Derecho puro

"No es raro que en un país de delincuentes, los abogados se crean la élite de la patria. En las redes se doctorean, se echan flores los unos a los otros y, todos juntos, dan lecciones"

Imagen P09 NUBE DERECHO PURO
"No es raro que en un país de delincuentes los abogados se crean la élite de la patria"Adrián Peñaherrera

Hay abogados, algunos notables, que viven en una nube: la nube del Derecho puro. En ella no existen los hechos de la realidad hasta que no sean sancionados por un juez; no hay cosas sucias, como la política o los medios; el lenguaje de uso común pide permiso al diccionario jurídico para hablar y no siempre lo consigue, de donde resulta que la gran mayoría de las cosas (como constataba Roland Barthes cuando reflexionaba sobre este tema) son impronunciables; y, por supuesto, los profanos no tienen permitido expresar sus opiniones. “Si usted no sabe Derecho mejor no opine”, se les dice.

Alguno de estos notables abogados ha llegado a teorizar, incluso, sobre la trivialidad de la ética por fuera de las leyes. Este joven letrado escribe artículos de prensa que se caracterizan por utilizar siempre como punto de partida una figura retórica que Umberto Eco creía “que no existe ni puede existir”: la “captatio malevolentiae”. Consiste en captar la atención del auditorio mediante el procedimiento sumario de mandarlo al carajo. “No sé si vale la pena escribir este artículo -dice poco más o menos nuestro abogado- porque estoy persuadido de que ustedes, lectores ignorantes del Derecho, son una manga de imbéciles”. Entre los habitantes de la nube rosada del Derecho puro, la superioridad moral e intelectual campea a sus anchas.

No es raro que en un país de delincuentes los abogados se crean la élite de la patria. En las redes sociales pontifican, se doctorean, se echan flores los unos a los otros y, todos juntos, dan lecciones. Dicen, por ejemplo: no se puede criticar a un abogado por la conducta de su cliente porque aun el más despreciable de los criminales tiene derecho a una defensa. Lo cual es cierto. Con ese criterio se presentan como personas honorables. El que ayer defendía al político ratero aparece hoy representando al jefe de los Choneros y mañana a los policías corruptos que reparten falsas credenciales entre los traficantes de medicinas: no tienen dónde caerse muertos pero, milagrosamente, pueden pagar sus carísimos servicios. Otra pasó de defender al empresario que pagaba coimas a cambio de contratos, al asambleísta que repartía plata a manos llenas. Ha sido harto instructivo contemplar cómo casi todos los abogados que tenían a su cargo algún implicado en el caso Sobornos han hecho su agosto, cosechando clientes, en la ola interminable de casos de corrupción surgidos durante la emergencia sanitaria. Así van, de mafioso en mafioso, haciéndose ricos (derecho que nadie les discute) y se supone que los ecuatorianos honestos han de respetarlos (cosa que tampoco). Aunque aparezcan en TV con la máquina de contar billetes en puesto preferente de su despacho.

El último tema de moda en la nube rosada del Derecho puro tiene que ver, precisamente, con el caso Sobornos. Algunos de estos abogados para quienes la política no existe (u ocupa, por lo menos, un puesto en extremo subalterno con respecto al Derecho, pobres ilusos), sostienen que los jueces van muy rápido. ¡Eso es injusto! Hay decenas de casos que han esperado por años. ¿Por qué -se preguntan- tiene que resolverse este antes que los otros? ¿Nomás porque implica a un expresidente, un exvicepresidente, medio gabinete y la plana mayor de contratistas del Estado? ¿Nomás porque todo el país está pendiente? ¿Nomás porque el expresidente implicado se propone comprar su inmunidad con una candidatura y llegar al poder de nuevo? Ahí donde estos abogados se encuentran, más allá del bien y del mal, ajenos a toda contingencia, entregados a sus abstracciones en el palacio de preciosos cristales de la jurisprudencia, esas razones son nimias. No hace falta siquiera recurrir a la “captatio benevolentiae” para, con un guiño de complicidad con los lectores, desistir de toda argumentación en contra de ridiculez tamaña.