El síndrome de Estocolmo

  Columnas

El síndrome de Estocolmo

Por cierto, si toma como personal estas letras, mire a su alrededor, quizá ya es prisionero

Se dice que el síndrome de Estocolmo es un vínculo que crea la víctima de una retención forzada con su captor. El proceso va desarrollándose hasta convertir a la persona que está inicialmente retenida contra su voluntad, en copartícipe anuente de su situación, generando simpatía y en muchos casos hasta el punto de alinearse plenamente con el captor. Una suerte de síndrome de Estocolmo es lo que les ocurre a muchas personas que se incorporan en la función pública con ideas de cambios pero en la medida en que va transcurriendo el tiempo, la inercia burocrática lo va cubriendo como la hiedra cubre una tapia, hasta hacer desaparecer al ciudadano que con entusiasmo llegó para forjar una renovación. Esta especie de síndrome de Estocolmo vuelve irreconocible al personaje, contradictorio en su actuar respecto de las promesas, pensamientos y compromisos previos a su función, generalmente atribuyéndole las medidas que toma a las circunstancias no previstas en campaña.

Esta versión de síndrome de Estocolmo a la que me refiero, en la medida en que va pasando el tiempo va cobrando en el rehén de la burocracia una especie de confort con el ‘statu quo’, sin otro propósito que no hacer olas que puedan incomodar a su entorno inmediato. Como la política es ingrata, como ingrata es cualquier alta responsabilidad donde alguien deba tomar decisiones que afectan la situación de otras personas, el rehén opta por congraciarse con los kikuyos zalameros que lo rodean y no alterarles su estatus.

Otro comportamiento del rehén es el desarrollo de una paranoia respecto de la opinión pública y de los medios. La víctima generalmente cree que hay una confabulación en su contra para evidenciar tan solo lo negativo, cuando la naturaleza humana, y la prensa no es una excepción, en eso enfatizan, como él lo hacía cuando no era la víctima.

¿Hay cable a tierra? Quizá hay que entender y aceptar que en el poder uno no es el que manda, sino que es un rehén, y recordar qué ideas y quiénes lo pusieron donde está.

Por cierto, si toma como personal estas letras, mire a su alrededor, quizá ya es prisionero.