Abrir los brazos

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Abrir los brazos

En un mundo marcado por los extremos, cuidemos nuestros sentimientos hacia quien viene huyendo de la violencia y buscando una oportunidad’.

En el año 2002 viajé a Bonn, Alemania, integrando la delegación ecuatoriana que negoció con la República Federal Alemana los canjes de deuda provenientes de la Deuda Concesional alemana en el marco del Club de París. El país obtuvo una forma de perdón de esa deuda, en la medida en que esos recursos fueran destinados a ciertos proyectos ambientales o para la protección de los derechos humanos. Por entonces era embajador en Alemania don Werner Möeller, quien fue una guía magnífica en un ambiente complicado, y a quien le debemos en gran parte las decenas de millones de euros que el país recibió en perdón de deuda a cambio de su mejor voluntad para cumplir los objetivos mencionados.

Ciertamente mi tema era el ambiental, pero uno en particular me interesaba mucho, y era el esfuerzo del país para la atención a los refugiados colombianos que huían de la violencia generada por los grupos terroristas. Me interesaba porque soy descendiente de alguien, mi abuelo materno, que vino a este país a fines del siglo XIX huyendo de la violencia política en su país y Ecuador le abrió los brazos. Tenía entonces razones personales para que existan los recursos para atender en lo posible a los refugiados; consciente sin duda de que en todo proceso de este tipo hay una mayoría de seres humanos que buscan una oportunidad, y algunos otros, la minoría, que no la merecen.

Hoy, cuando casi termina el año, haciendo un recuento de lo bueno que nos trajo, me vuelve a palpitar a mil el corazón al recordar la hazaña de la joven Neisi Dajomes, primera mujer medalla de oro olímpica de este país. Ella es hija de refugiados colombianos que vinieron a este país por una oportunidad de vida, y nos trajeron como muchos otros refugiados, esfuerzo, trabajo y amor por este país.

Cada vez que usted sienta que alguien viene de Venezuela o de otro país a quitarle el trabajo a alguien acá, pregúntese de dónde viene usted, porque en este pueblo mestizo que somos, todos venimos de un lugar distinto de donde estamos. No todos son buenos, es cierto, pero la gran mayoría merece que les abramos los brazos.

Feliz Navidad.