Guerra interna

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Guerra interna

No queda más que seguir cuidando nuestras espaldas como podamos...’.

Es imposible no hablar de lo que sucede en nuestro país. La violencia nos gobierna a tal punto que ahora los temas de sobremesa con la familia se relacionan con la sangre derramada que vemos en los medios día a día. Y es que a todos nos afecta lo que ocurre actualmente, pues las muertes violentas no hacen distinción alguna: fácilmente podemos encontrarnos con el fin de nuestra vida en la calle, en un centro comercial y hasta en la puerta de nuestra casa. No hace falta estar metido en el mundo de las drogas para que corramos peligro. El Gobierno sigue insistiendo en que en Guayaquil existen barrios conflictivos, cuando la verdad es que en toda la ciudad reina el miedo.

La narcodelincuencia nos respira en la nuca y los organismos de control siguen demostrando que esta guerra declarada se les ha ido de las manos. Las medidas extremas tomadas tal parece que poco o nada ayudan a frenar esta ola de muertes, que tiene responsables, pero nadie se atreve a mencionarlos.

Militares y policías en las calle no causan el efecto deseado. Garantizar la seguridad de los ciudadanos en el país se ha vuelto imposible. Seguimos esperando que la prohibición de salir después de las once o doce de la noche o de que circulen dos o más personas en una moto nos dé un poco de paz. Y pareciera que a modo de burla por el toque de queda decretado en ciertas provincias del Ecuador, las mafias a través de atentados con explosivos dejen mensajes de advertencia y de poder durante las horas de mayor vigilancia.

Son tantas las restricciones impuestas en estos días de tensión y tan escasos los resultados que queda claro que la estrategia no está funcionando. Ante acciones violentas se deberían tomar medidas radicales, pero toda decisión de “los de arriba” termina siendo una maravillosa solución en decretos y papeles; a nosotros nos siguen vendiendo humo.

No queda más que seguir cuidando nuestras espaldas como podamos, saliendo lo estrictamente necesario de nuestras casas, terminando con nuestra vida social, sin hacer contacto visual con nadie, sin respirar donde no debamos hacerlo y prendiéndole vela a todos los santos para que guíen nuestro camino. Incluso así, nuestra vida sigue corriendo peligro.