
María Laura Icaza: la pastelera detrás de la tarta vasca más deseada
En medio del boom de este postre en el mundo, Masats Bakery se abre paso en Guayaquil con una propuesta más innovadora.
En una ciudad donde el calor pide frescura, Maria Laura Icaza encontró la forma de conquistar el paladar: una tarta vasca que no solo se derrite en la boca, sino que cuenta una historia. Detrás de Masats Bakery hay mucho más que una tendencia gastronómica; hay memoria, intuición y una decisión valiente de apostar por lo que realmente la apasionaba. “Cuando alguien me dice ‘me recordó a…’, ya gané”, dice, entendiendo que su producto va más allá del sabor.
Antes de encontrar su propio camino, su historia ya venía amasándose desde generaciones atrás. Creció en una familia dedicada a la industria del pan, un legado fundado por su bisabuela, a quien sí llegó a conocer y de quien guarda recuerdos entrañables en la cocina. “Me hacía escribir recetas a mano”, recuerda. Hoy, ese vínculo se transforma en homenaje: el nombre de su marca, Masats, lleva el segundo apellido de la señora, como una forma de mantener viva esa herencia que, sin saberlo, terminaría guiando su destino.
Su emprendimiento, sin embargo, no fue inmediato. Aunque “desde chiquita crecí entre olores, masas…”, le tomó tiempo reconocer que su lugar estaba en la pastelería. Se formó en 2017 en Barcelona, en la reconocida Escuela Hofmann, y un año después hizo un Posgrado en Comunicación Gastronómica, una experiencia que la acercó a nuevas tendencias. Pero por miedo, admite sobre ese momento en el que postergó su vocación. Hasta que un viaje a España encendió todo: “probé una tarta vasca y fue como… esto es demasiado rico”. Ese instante, casi casual, marcó el inicio de una obsesión que terminaría tomando forma en su cocina.
Lo que distingue a sus tartas no es solo la técnica, sino la intención. “Me propuse hacer una tarta clásica perfecta”, cuenta, aunque en el camino decidió apropiarse de la receta. Su versión, más cremosa, con base de galleta dialoga entre lo tradicional y lo personal. Una reinterpretación que en Guayaquil se siente casi como un descubrimiento: “es otro tipo de conexión, más emocional”, explica, al hablar de quienes encuentran en su sabor un recuerdo inesperado.
En medio del boom de este postre a nivel mundial, María Laura ha construido algo más que un emprendimiento: una identidad. “No quiero sacrificar la cremosidad, es lo más importante”, afirma, dejando claro que su norte no es la producción en masa, sino la experiencia. Y se nota porque es, literalmente, el sabor de alguien que decidió insistir hasta que todo encajara.

El sabor de la tarta
Viene de una familia panadera. ¿Qué tanto inspira esa historia en su forma de emprender?
Muchísimo. Mi bisabuela migró desde España y abrió su panadería aquí. Las historias que tengo de ella son de mucho sacrificio: trabajaba de madrugada, se levantaba cada dos horas porque no existían las herramientas que hay hoy.
¿En qué momento decide apostar por la pastelería y dejar otros caminos?
Por miedo lo postergué bastante tiempo. Ya estaba casada, tenía hijos… pero en el fondo sabía que era lo que realmente me apasionaba. Hasta que dije: ya, me voy a lanzar.
En cuanto a ingredientes, ¿cómo fue encontrar en Guayaquil lo necesario para lograr esa tarta que tenía en mente, tan inspirada en Europa?
Encontré muy buenos ingredientes, la verdad. Para mí, uno de los más importantes fue el queso mascarpone, porque hace que la tarta no se sienta tan pesada. Aquí ya hay varias marcas y son las que me han permitido trabajar muy bien.
¿Qué es lo más importante en la base de una buena tarta vasca?
La grasa: las cremas de leche, los quesos. Eso lo es todo. Al inicio usaba combinaciones más suaves, pero luego fui experimentando. Por ejemplo, en sabores del mes he probado con quesos más intensos, como el manchego.
Hoy el público ecuatoriano está más “foodie”. ¿Eso ha jugado a su favor?
Totalmente. Hay mucha curiosidad por probar cosas nuevas. Pero el reto no es solo atraer, sino fidelizar, convertir a esos clientes en fans.
¿Qué ha sido lo más bonito de este proceso de emprender?
Ver la reacción de la gente. Los comentarios que me dicen que mi tarta les recuerda a las de España, o incluso que las comparan con referentes como las de Madrid. Eso ha sido mi motor para seguir y, sobre todo, para no bajar la calidad.

Educar al cliente: clave del negocio
Para Maria Laura, la comunicación no es un complemento, es parte del corazón del negocio. “Para mí fue clave. Es lo que me permitió no quedarme como un emprendimiento casero más”, explica. En un universo donde lo visual abre el apetito antes del primer bocado, cada imagen está pensada para transmitir una promesa. “Que se vea la cremosidad, el detalle… todo eso es comunicación gastronómica”, resume.
Pero comunicar también implica enseñar. Parte del éxito de sus tartas está en entender cómo deben disfrutarse, y ahí entra su rol como guía. “He tenido que educar mucho al cliente”, cuenta. “Cuando reciben la tarta, deben refrigerarla unos quince minutos para que esté cremosa. Ese es el truco”. Lo que al inicio requería explicación constante, hoy se ha convertido en un código compartido con su comunidad. Porque al final, más que un postre, la experiencia se acerca a una pequeña escapada sensorial: “es como viajar a través del paladar, sin salir de aquí”.
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