Guayaquil

Una vida marcada por el desnudo y el rumor

EXPRESO dialoga con víctimas de la filtración de fotos sexuales. Sus casos se dieron en el colegio. La mayoría no lo contó a sus padres por temor

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Hecho. Entre las víctimas constan personas que no compartieron jamás sus imágenes, sino que las fotografiaron a escondidas.CARLOS KLINGER

Un día te levantas y ves que las fotos que compartiste en la intimidad con tu pareja han sido esparcidas entre tus amigos e incluso extraños con los que nunca has hablado. Esa es la situación por la que muchas jóvenes guayaquileñas han pasado, experiencia de la que hoy se arrepienten.

A Rossana, de 23 años, le filtraron sus desnudos a los 15 años, cuando aún era una colegiala. Pero quien le distribuyó sus desnudos como si fuera de ‘dominio público’, fue su pareja de aquel entonces y un año mayor a ella. En la intimidad de su relación compartió contenidos de índole sexual a varios compañeros de la víctima, incluso con personas con las que nunca había hablado.

EfectoLas afectadas llegaron a experimentar depresión durante estos períodos, y otras dejaron de confiar de la misma manera en sus siguientes parejas.
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“No debí confiar en él, fue un error. Quizá la falta de madurez me hizo creer en él tan rápido, no teníamos ni medio año juntos y ni actuaba como mi pareja. Pero ahora mis fotos las tiene cualquiera. Y es que nadie nos habla de esto en casa, ni el colegio... En ningún lado en la sociedad”, asegura a EXPRESO la víctima.

Rossana veía a su pareja como ese ‘príncipe’ que no la defraudaría. Pero no solo le falló, sino que la hizo quedar como mentirosa ante las autoridades de su colegio.

Ella no sabe por qué pasó todo, si fue por odio, por creerse superior o por simple capricho, pero lo que sí tiene claro, es que las autoridades, al enterarse de la existencia del material fotográfico, se pusieron de lado de quien llama hoy su agresor. No le creyeron que fue él quien repartió sus fotos desnuda a medio colegio...

“Cuando supe lo que me hizo, sentí más ira que vergüenza o tristeza, quería vengarme y planee distribuir también sus desnudos. Pero una persona que consideraba ‘amiga’, le contó de mi plan. Él corrió con las autoridades para que no se difundan sus fotos, no lo hice. Y al final, el colegio le dio la razón a él. Me acusó de que lo acosaba y de que yo le mandé las fotos sin su autorización. Me mandaron al psicólogo, todo esto quedó en nada, y mis fotos se mantuvieron esparcidas por la entidad. Fue traumático”, alerta.

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Sin embargo, aquí no terminó la historia. El resto de su vida colegial se vio marcada por insinuaciones obscenas, en las redes sociales o en su cara.

“Niños me tiraban piropos, y otros decían que querían hacerme cosas sexuales. Fue uno de los peores años de mi vida. No sé cómo resistí”, asevera.

En aquel entonces, el apoyo de sus padres fue lo que le permitió mantenerse en pie. Y una vez llegó a la universidad, este suceso no la volvió a seguir.

Una situación similar vivió Jénnifer, ahora de 20 años. Mientras estaba en el colegio, en segundo año de bachillerato, se enamoró e hizo prácticamente lo que su “enamorado” le pedía.

“Era muy ingenua, joven, tenía ganas de experimentar muchas cosas, entre ellas mi sexualidad. Pensé que ese ‘príncipe azul’ podría guardar nuestra intimidad para solo los dos. Pero solo resultó un sucio patán. Por culpa de él, perdí la dignidad con mis compañeros”, detalla.

El miedo ha evitado que muchas chicas denuncien a su agresor y eso ha evitado que se haga además justicia.

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Las fotos que compartió de su cuerpo desnudo a su novio quedaron regadas con el resto de sus compañeros de su promoción sin que se dé cuenta. No sabe por qué lo hizo, porque cuando lo confrontó dijo que fue un error, y que lo perdone.

“No sé si lo hizo por malvado o por querer demostrar qué tan machito era, al final a quien arruinó fue a mí”, asevera.

Cuando descubrió lo que pasaba, ella solo pudo llorar en silencio, sin contar con nadie, pues tenía miedo de lo que digan sus padres, quien aún no están al tanto de lo que pasó. No pudo contar tampoco con más de una amiga, porque el resto de sus conocidos se dedicaron a hablar mal de ella a sus espaldas.

“Por un tiempo no hablé con nadie, solo me aislé”, evoca.

Reconoce que nunca denunció el hecho por miedo a las consecuencias a largo plazo para su pareja de aquel entonces. “No quise que se destrozara su futuro, pero también me arrepiento de no haberle dañado de alguna forma su reputación”. Agrega que, al final, su colegio nunca se enteró de lo que pasó. Sí supieron del caso unos cuantos profesores que hicieron de oídos sordos.

Al final se graduaron y, por el lado de él, murió la historia. Jénnifer, en cambio, se volvió un tanto insegura. Sabe que sus imágenes están regadas y eso le aterra... “Ya nadie me dice nada, pero tengo miedo de que en cualquier momento alguien de mi nuevo círculo lo sepa. ¿Qué voy a hacer ahí?”, se cuestiona.

Andrea, de 21 años, a los 15 fue también víctima de filtración de fotos. Sin embargo, no fue la única. Fue una de las 20 personas afectadas por la misma persona.

Quien había esparcido de forma masiva las imágenes de las jóvenes desnudas por todo el colegio no fue ninguna expareja o ‘vacile’, sino un estudiante de la misma institución al que le llegaron estos contenidos por terceros, sus antiguos novios, pretendientes e incluso ‘amigas’, todos del mismo centro educativo, ubicado en Guayaquil.

“Tenían fotos de nosotras desnudas, en ropa interior, incluso fotos mientras nos desvestíamos. Era algo enfermizo y para colmo, las tenía alguien con quien muchas jamás habíamos hablado”, relata con indignación. Sin embargo, lo que más le causó furia, no fue el hecho de que tenía contenido privado de todas, sino la sanción que le impartió el colegio.

Era un chico y tres chicas que habían citado por haber esparcido las fotos. Pero la sanción que les dieron fue completamente distinta. A quien habría recopilado y esparcido la mayoría de contenidos, lo suspendieron una semana. A las chicas que colaboraron, un mes. No digo que ellas no tuvieron que ser sancionadas. El punto es que todos debieron ser castigados por igual y de una forma más severa”, reclama Andrea, quien vio un cierre a ese capítulo de su vida, pero abrió el siguiente con desconfianza. Hoy no se atreve a compartir ya nada con nadie. “No creo hacerlo nunca más”, alega.

Sobre qué dijeron sus padres y la de sus compañeras afectadas, así como de quienes hicieron públicas las imágenes, la joven dice que no dirá nada. No quiere remover ese episodio. Juró enterrarlo. Está en la constante lucha de lograrlo.

  • Una visión técnica y legal

La raíz de que se den estos casos, de que los perpetradores tomen estas acciones son variadas. De acuerdo a Lisseth Loor Pita, politóloga y consultora en temas de género, el machismo tiene mucho que ver con esto. “Hay hombres que creen tener más poder sobre su pareja y eso los lleva a creer que son dueños de los contenidos sexuales que le son enviados”, expresa.

“Comienzan a compartirlo o amenazan con hacerlo cuando sufren un descontento o buscan mantener su relación”, agrega. Pero el hecho de compartirlo es un delito que está estipulado en el Código Orgánico Integral Penal, en el artículo 179, Revelación de secreto, que sanciona a quienes comparten este contenido sin consentimiento y que puede causar daños. El delito está sancionado con 6 meses a un año de cárcel.

“Estas conquistas en materia de derechos rivalizan con un sistema de justicia sin perspectiva de género, cuya maquinaria burocrática debilita la cultura de la denuncia y la legítima exposición de los agresores”, asevera la abogada Sarah Salazar.

Sin embargo, aquí entra la pregunta ¿por qué no denuncian? De acuerdo a Loor, las razones por las que las mujeres no toman acción contra estas violaciones a su privacidad y derechos, está el miedo. “A muchas les ha ocurrido esto durante el colegio y no se lo comentaron jamás a sus padres por temor a lo que les puedan decir”, detalla.

A esto, agrega que también están el proceso para presentar las denuncias, que aún es lento y presenta trabas.

“Hay quienes se han armado de valor y han denunciado a sus agresores, pero han desistido por la lentitud del mismo y las trabas que les han presentado para que este se haga efectivo”, relata.

En el caso de las víctimas de las historias contadas en estas páginas, por el miedo a que el caso se haga más grande, no barajaron la idea de denunciar. Si ahora fueran víctimas de un hecho parecido, lo harían sin dudarlo. No obstante, están al tanto de lo engorroso que es el proceso, piensan.