Fiestas julianas
Nadar en el estero Salado: Así viven este ritual los jóvenes en el sur de Guayaquil
Convivir junto al estero Salado crea lazos con este ícono de Guayaquil. Con proyectos para oxigenar el agua se trata de rescatar esta área protegida

Lanzarse desde el puente al estero es una tradición que se mantiene en zonas del suroeste, evocando los antiguos baños del Salado.
Lo que se sabe
- Pese a la contaminación en el estero Salado, jóvenes disfrutan de nadar en este brazo de mar
- El estero fue el límite natural occidental de la ciudad hasta el siglo 19
- En 2002 se declaró la Reserva de Producción de Fauna Manglares El Salado
Para los habitantes del sur y suroeste de Guayaquil es normal haber visto a un grupo de jóvenes y adultos parados en lo más alto de uno de los puentes que cruza el estero Salado, listos para darse un clavado en las aguas salobres de este brazo de mar.
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Es parte de la idiosincrasia; como si se tratara de un ritual de iniciación para los guayaquileños. Muchos grupos de amigos, familiares y hasta desconocidos se han lanzado al afuente con el fin de pasar un rato divertido -y de bastante adrenalina- sin pagar un solo centavo.
Uno de ellos es Ernesto, quien en sus años de niñez y preadolescencia residió en el barrio Garay, ubicado a orillas del estero en la zona en la que hoy está construido el parque lineal del malecón del Salado, y a sus 37 años recuerda con alegría las varias anécdotas.
El estero Salado visto desde el puente El Velero, en el sector del barrio Garay
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¿Cómo es nadar en el estero Salado de Guayaquil?
La primera incursión de Ernesto en el Salado no fue voluntario, sino una especie de ‘bautizo’ que rozó lo cinematográfico.
Él no recuerda este episodio pues aún era un bebé, pero su madre le ha relatado que su primer baño del día terminó siendo en el estero. Ernesto, de apenas unos meses, fue colocado en una tina de lavar ropa y en un descuido de segundos, el movimiento del bebé hizo que la tina se deslizara hacia el agua.
“No se habían dado cuenta que yo iba en la tina guindado en medio Salado ya casi”, recuerda Ernesto, citando las palabras de su madre sobre aquel momento de terror donde un niño navegaba a la deriva en un cuenco de plástico hacia la inmensidad del estuario.
Este inicio náutico fue solo el preludio de su formación obligatoria en las aguas del suburbio, pues para sus amigos y parientes era “ley” el chapuzón: “la mayoría de gente que vivía en el suburbio tenía que aprender a nadar en el Salado”.
Sin embargo, el estuario no siempre es un anfitrión amable. En una ocasión, la corriente y la inexperiencia infantil se confabularon en un episodio que casi le cuesta la vida. “Así mismo me ahogué una vez, casi me muero, mi abuelo me salvó de pequeñito”, confiesa Ernesto, reconociendo los peligros.
A pesar de esto, admite que no solo le enseñaría a su pequeño hijo de dos años a lanzarse de manera adecuada y nadar en el brazo de mar, sino que hasta lo acompañaría.
“En esta vida de todo se debe aprender y, por último, si no lo llevo yo, va a terminar yendo con los amigos y correr peligro por gusto”, menciona.
Con el paso del tiempo, la modernización de la ciudad y el desplazamiento de las familias hacia otras zonas urbanas parecieron romper ese vínculo físico con el estero. No obstante, la identidad es un lazo difícil de romper.
“El guayaco que se respeta se ha lanzado al estero; eso no hay cómo negarlo. Ya sea desde el puente, en clavado o hasta solo bajando por la orilla, es parte de la ‘sabrosura’. ¡De ahí es que agarramos el ‘sabor’ que nos acompaña toda la vida!”, dice entre risas.
Su último acercamiento al estero fue hace aproximadamente una década, en lo que debía ser una convencional reunión familiar con asado incluido.
“De locos se nos ocurrió a todos darnos un baño y todita la familia se tiró al Salado”, narra Ernesto con una mezcla de asombro y regocijo.
Historias como las de Ernesto recuerdan que, pese a la regeneración urbana y los muros de hormigón del Malecón del Salado actual, el estuario sigue siendo ese cauce de memorias que define el ser guayaquileño.
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El estero Salado fue un límite natural de Guayaquil
Durante los siglos XVI al XIX, el estero funcionó como el límite occidental natural de la ciudad. La urbe crecía al este junto al río Guayas, dejando al estero como una zona de protección frente a inundaciones y defensas contra piratas.
Luego, se construyeron instalaciones conocidas como los bañaderos o piscinas rodeadas por tablones de mangle. Estos tablones servían para filtrar la marea y proteger a los bañistas de las especies marinas.
Cuando el estero Salado cedió terreno para hacer viviendas
A partir de la década de 1950 y 1960, el acelerado crecimiento demográfico y la migración hacia Guayaquil transformaron drásticamente el entorno del estuario.
Con el fin de ganar terreno a la marea, grandes sectores del ramal del estero y sus manglares fueron rellenados. Surgieron sectores como Suburbio, Urdesa o Kennedy, alterando la morfología del cuerpo de agua.
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El estero Salado es un atractivo turístico de Guayaquil
En las últimas décadas se han implementado diversas estrategias públicas y ciudadanas para rescatar el cuerpo de agua, como el Malecón del Salado (inaugurado en la década del 2000) y parques lineales a lo largo del ramal para reconectar a la ciudadanía con el paisaje marino.
También se han iniciado proyectos de oxigenación, reubicación de viviendas en riesgo y jornadas diarias de limpieza continúan siendo claves para mantener controlado el flujo de residuos.
Limpieza del estero Salado
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Para mitigar la pérdida de vegetación, se creó y amplió la Reserva de Producción de Fauna Manglares El Salado, protegiendo miles de hectáreas de manglares al sur de la ciudad.
Fue creada el 15 de noviembre de 2002 para cuidar la flora y la fauna nativas del Golfo de Guayaquil.