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Diario Expreso Ecuador

Voluntariado en Guayaquil

Bordado que refugia a mujeres en Guayaquil: así se cosen las heridas del barrio

Un taller de bordado se convierte en refugio para mujeres de sectores vulnerables de Guayaquil, donde comparten historias y enfrentan la violencia

Sostener, acompañar y relajarse son parte de las actividades que realizan las voluntarias en barrios vulnerables de Guayaquil.

Sostener, acompañar y relajarse son parte de las actividades que realizan las voluntarias en barrios vulnerables de Guayaquil.CORTESÍA

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Lo que se sabe

  • Tres círculos de mujeres funcionan en sectores vulnerables de Guayaquil para compartir historias y prevenir la violencia
  • Elizabeth Ontaneda dirige talleres de bordado en Flor de Bastión, Bastión Popular, Trinitaria y Guasmo
  • Durante una hora, las participantes dejan sus problemas afuera y fortalecen sus vínculos mediante el bordado

Las naranjas maduras llenan las carretas de los vendedores y perfuman las calles alrededor del mercado informal de Flor de Bastión con un olor dulce que parece empeñado en sobrevivir a la pobreza. Desde temprano, hombres y mujeres acomodan la fruta en pirámides amarillas, mientras los pregones se mezclan con los motores de los buses.

Para llegar a Flor de Bastión hay que atravesar una frontera que no aparece en ningún mapa, pero que separa dos maneras de entender la ciudad. Diez minutos después de cruzarla, Guayaquil empieza a cambiar.

Las casas se levantan unas junto a otras, hechas de bloques desiguales unidos por cemento, muchas sin enlucir, como si hubieran sido construidas con la urgencia de quien sabe que no puede esperar

Las calles se tuercen entre terrenos sin urbanizar. Las viviendas suben por las lomas y vuelven a desaparecer detrás de ellas. Los árboles abundan, pero no hay flores de colores. 

Desde las partes más altas se alcanzan a ver otros barrios de Guayaquil, extendidos hasta donde la vista deja de distinguir las casas y empieza a confundirse con el cielo.

El paisaje está marcado por la pobreza, las limitaciones de infraestructura y la inseguridad. Así lo describe un estudio realizado para Plan International por el sociólogo Rubén Aroca. 

La pobreza no aparece solamente en la ausencia de dinero, sino también en la falta de servicios, oportunidades y condiciones dignas para quienes aprenden a vivir en los márgenes de la ciudad.

Elizabeth Ontaneda baja de una camioneta blanca de alquiler. Tiene 24 años, el cabello corto y rizado y una mochila que carga desde enero del 2026. Dentro lleva agujas, hilos, fotografías, tijeras, gomas y refrigerios.

También lleva algo que no cabe en la mochila: las historias de las mujeres que ha encontrado en los cinco círculos de Bastión Popular, el Guasmo, la isla Trinitaria (dos) y Flor de Bastión, espacios que reciben el respaldo de GIZ (Sociedad Alemana de Cooperación Internacional).

Ontaneda trabaja con voluntarias que sostienen proyectos sociales en lugares donde reunirse no siempre es una actividad inocente. Algunas veces, los talleres con adolescentes deben hacerse en línea, porque encontrarse cara a cara puede significar exponerse demasiado. Aquí, incluso una reunión de mujeres puede necesitar protección.

Por eso, la iglesia evangélica donde se realiza el círculo es también un territorio de paz. Las bandas del crimen organizado que operan en el sector respetan ese espacio. A las dos de la tarde de un lunes, el sol parece darle una tregua a Guayaquil.

La iglesia es una casa sencilla. Hay sillas de plástico, cortinas y una mesa larga. Alrededor de ella comienzan a sentarse las mujeres.

Maribel Baque espera sentada. Ríe con nerviosismo mientras escribe un mensaje de saludo para Nelsa Curbelo. Es su cumpleaños y Baque ha preparado un poema para ella, una mujer que, como Onteneda, ha dedicado buena parte de su vida al voluntariado y al trabajo con los más jóvenes.

Baque empieza su historia con un niño perdido. Tiene seis años cuando, en El Carmen, encuentra a otro niño que se ha alejado demasiado de su casa. Lo acompaña durante dos kilómetros hasta devolverlo a su hogar. Dice que allí nace su pasión por ayudar a los demás.

Lo que comienza en el campo la sigue hasta la ciudad. Durante su adolescencia participa en un voluntariado en Chongón para recoger los materiales que ensucian el estero y venderlos después. Nadie compra una sola pieza. Pero el fracaso de la venta no consigue detenerlas. Junto a una bióloga compran canoas, se capacitan en atención al adulto mayor y terminan ofreciendo servicios turísticos.

Desde entonces, Ontaneda parece obedecer a una certeza sencilla: aquello que los demás consideran inútil puede encontrar un destino cuando alguien decide recogerlo.

Lleva 17 años como voluntaria de Children International, tres en Misión Paz y Esperanza y dos en la red de defensores comunitarios del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos.

Ha limpiado calles con escoba y hasta con machete. Ha trabajado con adolescentes para que aprendan a reconocer y manejar sus emociones, busquen programas de capacitación y encuentren alternativas de empleo antes de que la violencia del barrio termine ofreciéndoles una salida.

Pero con el tiempo descubre algo que parece más difícil de enseñar. Quienes cuidan necesitan también ser cuidados.

Durante una hora, las mujeres dejan afuera el peso de sus casas, de sus hijos, de sus parejas y de las calles. Elizabeth les enseña seis puntos de bordado que van apareciendo sobre una cartulina: estrella, cruz, espiga.

María Puma mira su trabajo y se ríe. “Yo lo que he hecho es una balacera en esta cartulina”, bromea. Ha llegado al círculo mientras atraviesa un duelo familiar del que prefiere no hablar. Aquí no tiene que hacerlo. La regla parece ser otra: durante una hora, los conflictos pueden quedarse afuera.

“Eli nos hace relajar, pero nosotros queremos hacer relajo”, dice María. Mira el corazón que intenta bordar. “A mí no me sale este corazón. Yo lo que he hecho es una ‘huequiza’”. Las mujeres ríen.

Entonces, un parlante rompe la tarde. La música urbana entra en la iglesia como una advertencia. Seis adolescentes, algunos sin camisa y otros vestidos con shorts y camisetas, rodean una motocicleta plateada que brilla bajo el sol. Hablan entre ellos en una jerga que para las mujeres resulta casi incomprensible. El volumen aumenta poco a poco.

Una de ellas mira hacia la puerta. “La semana pasada no estaban aquí”, dice. Nadie comenta nada más. Durante unos segundos, las agujas quedan suspendidas sobre las cartulinas.

Ontaneda continúa. Les pide que escojan una fotografía que represente para ellas una imagen especial. Después les enseña a bordar sobre ella. Las manos vuelven a moverse. Puntada tras puntada.

María tarda un poco en comenzar, pero en 20 minutos domina el trabajo. Es una tarea sencilla comparada con la capacitación que Ontaneda imparte sobre prevención de la violencia basada en género.

“Este es un taller donde si quieres llorar, lloras; si quieres reír, ríes. Aquí te fortaleces emocionalmente”, explica.

Primeros signos de la violencia contra las mujeres

En estos círculos también aprende algo que antes no había nombrado con tanta claridad: la violencia contra las mujeres no empieza necesariamente con un golpe. Puede aparecer en los comentarios groseros sobre el cuerpo, en la humillación, en la manera en que una mujer aprende a mirarse a sí misma a través de los ojos de su pareja.

María menciona que muchas mujeres de Flor de Bastión han tolerado demasiada violencia. “Nos callamos y quienes pagan las consecuencias de esto son los hijos”. Lo dice con la experiencia de quien ha acompañado a víctimas de su propio barrio.

Mira hacia la calle. Los jóvenes que aparecen allí, dice, los que caen en las adicciones, buscan otras salidas porque a veces en sus casas no encuentran ninguna. “Nosotras tenemos que hacer el cambio. Tenemos que ponerle un alto a la violencia dentro de la casa”.

A las 17:20, Elizabeth reparte el refrigerio. Los muchachos del parlante finalmente se cansan. Se acuestan en la entrada de la casa y miran morir la tarde.

“Les dejo lo que no se comieron del refrigerio para que se repartan”, dice Ontaneda. “No, Eli. Tráigalo para la próxima sesión”, responden las mujeres. Las agujas vuelven a descansar sobre la mesa.

Las cartulinas quedan llenas de estrellas, cruces, espigas, corazones deformes y fotografías atravesadas por hilos de colores. Afuera, la tarde empieza a perder luz.

Ontaneda abre la puerta de vidrio y entra rápidamente al taxi. Esta semana no ha podido ir a uno de los talleres que realiza en otro sector que se ha vuelto demasiado peligroso.

El automóvil arranca. Desde la ventana, Flor de Bastión comienza a quedarse atrás: las lomas, las casas de bloques sin enlucir, los árboles sin flores, las calles que se retuercen entre las viviendas.

Ontaneda se va con su mochila llena de agujas e hilos. Durante la tarde ha escuchado el dolor de otras, sus risas, sus duelos, sus historias y el sonido diminuto de las puntadas atravesando la cartulina.

Afuera está la ciudad. Dentro de la mochila, en cambio, queda la certeza de que todavía existe algo que puede coserse.

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