conversando con carmen ojeda
El costo de la adaptación: cuando sobrevivir condiciona el presente
Las respuestas que aprendimos para sentirnos seguros en la infancia pueden acompañarnos hasta la adultez y marcar nuestra forma de relacionarnos

Comprender la infancia ayuda a transformar viejos patrones
Lo que debes saber:
- Las estrategias que aprendemos en la infancia pueden permanecer en la adultez y afectar la forma de relacionarnos con los demás.
- Reconocer el origen de ciertas conductas permite comprenderlas con mayor empatía y empezar a modificar patrones que ya no necesitamos.
- La seguridad y los vínculos saludables también se aprenden, mediante relaciones basadas en respeto, confianza y cuidado.
Desde pequeños, algunos aprenden a pedir poco, a estar pendientes del ánimo de los demás o a asumir la responsabilidad de mantener la calma en casa. Con los años, esas respuestas pueden parecer parte de la personalidad, aunque alguna vez fueron formas de protección.
En esta segunda entrega sobre las huellas de la infancia en el comportamiento adulto, Carmen Ojeda explica cómo las estrategias desarrolladas durante los primeros años pueden permanecer en la vida adulta y afectar la manera de relacionarnos, pedir ayuda o recibir afecto. Comprender de dónde vienen permite mirar la propia historia con mayor ternura y abrir espacio para vínculos más seguros.
Buenavida
Cuando lo normal en casa puede esconder señales de control, descalificación o abandono emocional
María Verónica Vernaza Guerrero
El precio de adaptarse
Durante la infancia, los niños dependen de los adultos para sentirse protegidos y atendidos. Cuando crecen en ambientes imprevisibles, emocionalmente distantes o marcados por conflictos, pueden desarrollar distintas maneras de conservar la cercanía y reducir aquello que perciben como una amenaza.
Algunos aprenden a obedecer de manera extrema o a no pedir nada. Otros observan constantemente el humor de sus padres antes de hablar. Hay quienes buscan destacar en los estudios, asumir responsabilidades demasiado pronto o convertirse en mediadores de los conflictos familiares. En otros casos, el malestar aparece mediante aislamiento, impulsividad o desobediencia.
Estas conductas pueden cumplir una función protectora durante la infancia. La dificultad surge cuando permanecen en etapas posteriores y siguen orientando la manera de relacionarse.
"Un niño que aprende a no molestar puede convertirse en un adulto incapaz de pedir ayuda. Una niña que debe leer constantemente el humor de su madre puede transformarse en una adulta hipervigilante", comenta Carmen Ojeda.
Buenavida
Óscar Corominas presenta un libro que invita a conectar con el corazón
María Verónica Vernaza Guerrero
Hacer espacio a la calma
Con el tiempo, algunas personas llegan a interpretar estas respuestas como rasgos permanentes de su carácter. La desconfianza, la necesidad de control, la exigencia constante o la dificultad para expresar necesidades pueden sentirse como parte de quienes son, cuando en realidad tuvieron un origen adaptativo.
Reconocerlo permite observar la propia historia desde otra perspectiva. Aquello que antes provocaba vergüenza puede adquirir un significado distinto al comprender las circunstancias en las que surgió.
El cambio puede resultar especialmente complejo cuando el entorno actual es más seguro. Aunque existan personas respetuosas y vínculos estables, el organismo puede conservar durante un tiempo la expectativa de conflicto, rechazo o abandono. Por eso, la tranquilidad puede sentirse extraña, la disponibilidad de los demás despertar sospechas y un desacuerdo cotidiano interpretarse como una señal de ruptura.
Es por eso que Carmen explica que: "Allí donde antes solo veíamos un defecto, podemos reconocer una historia. Donde aparecía vergüenza, puede surgir comprensión. Y donde solo había resignación, puede comenzar una elección".
Esta reacción habla del tiempo que una persona permaneció en estado de alerta y no necesariamente de un peligro presente. Aprender a reconocer la seguridad requiere experiencia y repetición. La confianza puede construirse poco a poco a través de relaciones donde exista respeto, escucha y capacidad para reparar los desacuerdos.
Una infancia suficientemente segura es aquella en la que los errores no quedan convertidos en negación, miedo o humillación"
Construir una historia propia
Modificar estas formas de relacionarse tampoco depende de encontrar una explicación perfecta para cada experiencia de la infancia. La posibilidad de construir vínculos diferentes puede comenzar incluso cuando determinadas personas del pasado nunca ofrecen una reparación.
Se trata de establecer una relación más libre con la propia historia: reconocer lo ocurrido sin quedar definidos por ello, diferenciar el vínculo con los orígenes de la repetición de patrones dañinos y comprender a los padres sin justificar conductas que siguen causando daño.
La observación cotidiana resulta fundamental. Identificar una respuesta demasiado dura hacia los hijos, la elección repetida de parejas emocionalmente inaccesibles o la dificultad para aceptar ayuda permite detenerse y elegir una reacción diferente.
"Desde la perspectiva de la resiliencia, esto no significa negar el daño ni convertir el sufrimiento en una lección obligatoria. Consiste en poder reorganizar nuestra manera de estar con nosotros mismos y con los demás", anota la especialista.
Cuestionar aquello que durante años pareció normal puede convertirse en una forma de libertad. El afecto puede dejar de medirse por el sacrificio y empezar a reconocerse mediante el respeto, la reciprocidad y el cuidado.
La reparación ocurre, así, en decisiones cotidianas: aprender a pedir apoyo, aceptar el cariño de otros, poner límites, tolerar un desacuerdo y permitir que una relación segura sea realmente segura. Las experiencias tempranas forman parte de la historia, pero pueden dejar de tener la última palabra sobre la vida adulta.
Buenavida
¿Existe una edad ideal para casarse? Estas claves pueden fortalecer la relación
María Verónica Vernaza Guerrero
Cinco conductas infantiles que pueden permanecer
- El hábito de no molestar: puede dificultar la expresión de necesidades o la solicitud de ayuda, incluso en momentos importantes.
- El afán de complacer: puede llevar a estar pendiente de cada cambio de tono, gesto o actitud de los demás.
- El refugio en el rendimiento: puede convertir el descanso en una fuente de culpa y mantener una exigencia permanente.
- El rol de cuidador temprano: puede generar incomodidad al recibir atención, apoyo o afecto de otras personas.
- La autosuficiencia extrema: puede aparecer cuando la persona aprendió demasiado pronto a resolverlo todo por cuenta propia.