Conversando con Carmen Ojeda
Cuando lo normal en casa puede esconder señales de control, descalificación o abandono emocional
Algunas dinámicas familiares se confunden con cuidado o disciplina. Reconocer sus efectos ayuda a comprender la propia historia

Cuando lo normal esconde señales de control
Lo que debes saber:
- Las necesidades de un niño incluyen afecto, escucha, reconocimiento y seguridad emocional, además de cuidados materiales.
- Cuidado, disciplina y protección requieren límites que respeten la autonomía y la dignidad.
- La frecuencia y el impacto de una conducta ayudan a distinguir un conflicto familiar de una dinámica dañina.
Un padre que revisa constantemente el celular de su hijo “para protegerlo”, una madre que compara a su hija con otros niños para motivarla o un adolescente que aprende a callar sus problemas para evitar preocupaciones en casa. Son situaciones que pueden pasar inadvertidas dentro de la dinámica familiar y dejar huellas en la forma de relacionarse y percibirse a uno mismo.
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Hablar de abuso, maltrato y negligencia implica mirar más allá de las expresiones evidentes de violencia. Algunas conductas se incorporan a la vida cotidiana como formas de disciplina, cuidado o exigencia, aunque detrás de ellas existan miedo, control, descalificación o falta de atención emocional.
Para comprender dónde están esos límites, SEMANA conversó con la psicóloga Carmen Ojeda, quien cuenta con más de 35 años de experiencia clínica. La especialista explica que estas situaciones suelen aparecer relacionadas.
“Existe una línea casi imperceptible entre las distintas formas de abuso, maltrato y negligencia”, señala. Una conducta puede adquirir otra dimensión cuando se vuelve repetitiva y afecta la experiencia emocional del niño.
“En los libros podemos diferenciarlas con claridad. En la vida de las personas, en cambio, suelen aparecer mezcladas”, explica. Por ello, propone observar cómo se vivía esa relación: el lugar del miedo, la posibilidad de expresar necesidades y la presencia de un adulto disponible para proteger.
Cuando lo conocido parece normal
Reconocer una experiencia dañina puede resultar difícil cuando forma parte de la vida desde los primeros años. Un niño interpreta el mundo a partir de lo que conoce. Si los gritos son habituales, puede asumir que así se comunican las familias. Si los errores reciben humillaciones, puede asociarlos con vergüenza. Y si debe cuidar emocionalmente a uno de sus padres, puede interpretar esa responsabilidad como una expresión de amor.
“Cuando una experiencia dolorosa comienza muy temprano, el niño no dispone de otra familia con la cual compararla. Aquello que ocurre en su casa es, sencillamente, la vida”, explica Ojeda.
Con el paso de los años, ciertas frases familiares pueden reforzar esa percepción: “lo hacemos por tu bien”, “tu padre tiene un carácter fuerte” o “no fue para tanto”. Para la especialista, comprender la historia de los padres aporta contexto, mientras reconocer las propias heridas permite darle un lugar a la experiencia personal.
“Comprender las limitaciones de nuestros padres no obliga a negar nuestras propias heridas”, sostiene.
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El límite entre cuidado y control
Algunas conductas adquieren apariencia de cuidado: revisar constantemente la vida de un hijo puede presentarse como protección; decidir por él, como preocupación; y exigir perfección, como preparación para el futuro.
La diferencia está en la forma en que se ejerce ese cuidado. Un límite orienta y protege cuando respeta la dignidad, la autonomía y la posibilidad de expresar desacuerdos. El control restringe la capacidad de decidir y desarrolla una relación basada en la vigilancia.
“Cuidado y control no son sinónimos”, señala Ojeda. La disciplina cumple una función educativa cuando permite comprender las consecuencias y los límites. La humillación, las amenazas y el miedo conducen al sometimiento y pueden influir en la manera en que el niño aprende a relacionarse consigo mismo y con los demás.
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Más allá de las necesidades materiales
“A mí nunca me faltó nada” puede aparecer al recordar una infancia con alimentación, educación, ropa, vivienda y otras formas concretas de cuidado. Las necesidades infantiles, sin embargo, abarcan otras dimensiones: escucha, consuelo, reconocimiento, acompañamiento y seguridad emocional.
“El cuidado humano incluye alimento, seguridad física y educación, pero también mirada, disponibilidad, consuelo, reconocimiento y protección emocional”, explica la psicóloga.
La falta persistente de estas respuestas puede generar una relación distante con las propias necesidades. Un niño que aprende a guardar sus emociones, teme decepcionar o siente que su valor depende de sus logros puede llegar a interpretar sus sentimientos como una carga.
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Una línea que merece atención
Las distintas formas de violencia dentro de una familia pueden relacionarse entre sí. Una dinámica puede combinar control, descalificación, miedo o falta de reconocimiento y mantenerse durante años como parte de la vida cotidiana.
Ojeda plantea observar dos elementos: la frecuencia y el impacto. “Lo que diferencia una dificultad relacional ocasional de una pauta potencialmente de maltrato es cuando la descalificación, el miedo, la utilización, la ausencia de protección o la falta de reconocimiento se convierten en una forma repetitiva de organizar la relación”, explica.
Toda familia atraviesa conflictos, comete errores y vive momentos de tensión. La atención merece centrarse en aquellas conductas que adquieren un carácter constante y terminan marcando la experiencia emocional de sus integrantes.
Cuestionar aquello que se asumió como normal abre una oportunidad para comprender la propia historia con mayor claridad y reconocer las dinámicas que merecen transformarse.