COnversando con Carmen Ojeda
Desconfianza, culpa e hipervigilancia: las huellas que puede dejar el trauma infantil
Las estrategias que ayudaron a un niño a sobrevivir pueden convertirse años después en dificultades emocionales, relacionales y sociales

A pesar de las heridas, es posible reconstruirse
Lo que debes saber:
- Las experiencias de abuso pueden influir durante años en las emociones, la identidad y las relaciones.
- Conductas como la desconfianza, el aislamiento o la hipervigilancia pudieron surgir como formas de protección durante la infancia.
- Con tiempo la persona puede integrar lo vivido y construir una relación diferente consigo misma, con los demás y con su historia.
En la primera parte de esta entrevista, Carmen Ojeda, psicóloga y psicoterapeuta especializada en psicoterapia y en formación en psicopatología del trauma, explicó cómo la manipulación, el silencio y la ruptura de la confianza pueden formar parte del abuso infantil.
En esta segunda entrega, Semana aborda con la especialista una pregunta que aparece con frecuencia: ¿qué sucede con esas experiencias cuando pasan los años? La respuesta apunta al trauma, la identidad, las relaciones y, también, a la posibilidad de reparación.
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Cuatro huellas que pueden aparecer con los años
¿El trauma termina cuando termina el abuso?
El trauma prolongado puede continuar influyendo en la regulación emocional, en la percepción de uno mismo y en la manera de relacionarse con otras personas.
Muchos sobrevivientes llegan a consulta sin mencionar inicialmente el abuso. Pueden preguntarse por qué les cuesta confiar, por qué esperan que ocurra algo malo, por qué sienten vergüenza, por qué temen la intimidad o por qué repiten relaciones que les generan sufrimiento.
Algunas de esas respuestas pueden comprenderse como estrategias que tuvieron una función protectora durante la infancia. Una estrategia útil para sobrevivir puede convertirse, años después, en una fuente de sufrimiento.
¿Cómo puede influir el trauma en la identidad?
Una persona que vivió abuso puede crecer con la sensación de que existe algo malo en ella. La culpa y la vergüenza pueden convertirse en parte de la identidad si la experiencia permanece sin un espacio seguro para ser comprendida.
Por eso, propongo cambiar la pregunta. En lugar de centrarse únicamente en ‘¿qué está mal?’, es preferible explorar qué tuvo que vivir esa persona para aprender a protegerse de determinada manera.
Ese cambio permite incorporar contexto y comprensión a conductas que, desde afuera, pueden parecer desconfianza, aislamiento, inestabilidad o hipervigilancia.
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¿El cuerpo también puede expresar lo vivido?
El trauma no se limita al recuerdo consciente. Puede aparecer en la forma en que el organismo responde ante situaciones del presente.
Pesadillas, irritabilidad, retraimiento, dificultades escolares, hipervigilancia, molestias físicas o cambios llamativos de conducta pueden expresar sufrimiento. Estas señales poseen múltiples causas y, por sí solas, no permiten concluir que ocurrió un abuso.
Por eso, la observación debe acompañarse de escucha cuidadosa y, cuando corresponde, de una evaluación profesional.
¿Qué significa reparar una experiencia de abuso?
Reparar no significa borrar el pasado ni convertir el sufrimiento en una historia optimista. Tampoco implica obligar a una persona a perdonar. Reparar implica que aquello que ocurrió pueda ser integrado sin continuar gobernando cada aspecto del presente.
La rectificación puede permitir que la persona reconozca sus estrategias de supervivencia y comprenda que muchas respuestas que hoy generan sufrimiento tuvieron alguna vez una función: protegerse, anticipar el peligro, evitar una pérdida o desconectarse.
“El abuso pudo robar parte de la infancia; no tiene por qué escribir el resto de la vida”.
¿Qué papel tiene la compasión en ese proceso?
La compasión permite acercarse al dolor sin reducir a la persona a aquello que le ocurrió. Tampoco significa lástima ni ausencia de límites.
La relación terapéutica puede convertirse en una experiencia diferente para quien vivió abuso: un espacio donde la cercanía no invade, la confianza no sirve para controlar y la vulnerabilidad no recibe un castigo.
La forma de escuchar también resulta fundamental cuando una persona revela por primera vez lo sucedido.
¿Cómo debería responder un terapeuta ante una revelación?
Escuchar implica recibir el sufrimiento con respeto y responsabilidad. La persona que revela un abuso puede cargar durante años con miedo, culpa, vergüenza y silencio.
Por eso, la respuesta profesional requiere preparación y cuidado. El terapeuta no debe apropiarse del dolor ni decidir cómo debe repararse.
Ofrezco conocimiento, respeto, cercanía, límites seguros y una relación donde esa historia pueda ser narrada sin volver a ser violentada.
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¿La experiencia de abuso define el resto de la vida?
La historia de una persona merece respeto y comprensión, pero el abuso no tiene por qué determinar todo su futuro.
Después de más de 35 años de experiencia profesional con niños, adolescentes, mujeres y hombres, sostengo que cada historia posee una dimensión particular. La reparación también tiene un carácter individual.
Última reflexión
El proceso requiere tiempo, acompañamiento y una relación terapéutica segura. La meta consiste en que la supervivencia deje de ser la única forma posible de vivir y que la persona pueda construir una relación diferente consigo misma, con los demás y con su propia historia.
Cuatro claves para avanzar
- Entender tus respuestas: Pregúntate qué experiencia pudo llevarte a reaccionar de determinada manera.
- Tratarte con compasión: Reconoce que algunas estrategias surgieron para protegerte en momentos difíciles.
- Buscar un espacio seguro: Compartir lo vivido con un profesional preparado puede ayudar a comprender y procesar la experiencia.
- Construir nuevas formas de relacionarte: Con tiempo y acompañamiento, es posible desarrollar vínculos basados en la confianza y los límites seguros.