Conversanco con Carmen Ojeda
Abuso sexual infantil: por qué muchos niños callan y cómo actúa el agresor
El abuso sexual infantil puede alterar la confianza, el vínculo y la forma en que un niño responde al miedo y al peligro

Para muchos niños, el silencio puede ayudar a continuar con la vida diaria
Lo que debes saber:
- El abuso sexual infantil suele comenzar con una relación de confianza que el agresor utiliza para ejercer control sobre el niño.
- El silencio no significa consentimiento. Muchos niños callan por miedo, amenazas, culpa o porque no comprenden lo que están viviendo.
- La escucha, la protección y el acompañamiento de los adultos son fundamentales cuando aparecen cambios persistentes en la conducta de un niño.
Los abusos a menores dejan huellas que van más allá del momento de la agresión. La manipulación, el miedo, el silencio y la confusión pueden formar parte de una dinámica que comienza incluso antes del trauma. Para comprender ese proceso, SEMANA conversó con la psicóloga y psicoterapeuta Carmen Ojeda, especializada en psicoterapia y en formación en psicopatología del trauma.
Ojeda explica cómo el agresor puede aprovechar la confianza del niño, por qué el silencio puede convertirse en una forma de supervivencia y qué ocurre cuando la persona que debería ofrecer protección también se transforma en una fuente de miedo.
En este artículo exploraremos cómo una experiencia puede continuar dejando huellas mucho después de la infancia. En la siguiente entrega, la psicóloga abordará estas consecuencias, explicando qué ocurre con el trauma a lo largo de la vida y cómo se inicia un proceso de reparación.
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¿El abuso comienza con la agresión?
No necesariamente. El abuso puede comenzar con la construcción de una relación de confianza que después se convierte en una herramienta de control.
El chileno Jorge Barudy, psiquiatra infantil y terapeuta familiar, denomina a este proceso el ‘hechizo del abusador’. El adulto puede mostrarse cercano, protector o especialmente interesado en el niño. También puede ofrecer regalos, privilegios, atención preferencial o secretos compartidos.
Poco a poco, esa relación puede crear una sensación de exclusividad. El niño recibe mensajes como ‘tú eres especial’ o ‘esto es solamente nuestro’. Lo que interpreta como afecto puede convertirse en una forma de control.
¿Por qué un niño puede guardar silencio?
Una de las preguntas habituales ante un caso de abuso es: ‘¿Por qué no lo contó?’. Eesa pregunta puede partir de una idea equivocada sobre la experiencia infantil.
Un niño puede callar porque hablar le parece más peligroso que guardar el secreto. El agresor puede amenazarlo, decirle que nadie le creerá o convencerlo de que será responsable de destruir a su familia.
Además, un niño puede carecer de las palabras y referencias necesarias para comprender aquello que está viviendo. Puede preguntarse si esa situación ocurre en todas las familias o si existe algo malo en él.
El silencio, entonces, puede convertirse en un recurso para continuar con la vida cotidiana.
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¿Qué ocurre cuando el agresor pertenece a la familia?
La situación adquiere una complejidad particular cuando quien agrede también cumple una función de cuidado. Puede tratarse de un padre, abuelo, tío u otra persona cercana de quien el niño depende para recibir afecto, protección, alimento o reconocimiento.
El niño puede necesitar acercarse a esa persona y, al mismo tiempo, sentir miedo de ella. Esa contradicción afecta la manera en que comprende el vínculo y puede generar dificultades para identificar el peligro. La responsabilidad corresponde siempre al adulto que utiliza su poder para vulnerar al menor.
¿Cómo puede afectar esta experiencia al vínculo con los adultos?
La teoría del apego plantea que los niños necesitan figuras de cuidado que funcionen como una base segura. Cuando la persona que debería brindar protección también genera miedo, aparece una contradicción profunda: acercarse puede significar recibir cuidado, pero también exponerse al peligro.
En determinadas historias, esta situación puede contribuir a patrones de apego desorganizado. Eso puede expresarse mediante búsqueda intensa de afecto seguida de rechazo del contacto, hipervigilancia, dificultades para confiar, problemas de atención, cambios en el rendimiento escolar, regresiones o somatizaciones.
Se debe aclarar que estas señales, por sí solas, no demuestran que haya ocurrido abuso sexual. Los cambios persistentes y significativos requieren escucha atenta y una evaluación profesional.
“Confiar nunca fue su error. El abuso consistió precisamente en que un adulto utilizó esa confianza para vulnerarlo”,
¿La culpa pertenece al niño?
No. Cuando un adulto significativo agrede, el niño puede interpretar que existe algo malo en él antes que aceptar que la persona de quien depende representa un peligro.
La culpa y la vergüenza pueden aparecer como parte de la huella psicológica de esa experiencia. Por eso, frases como ‘yo lo permití’ o ‘tal vez fue mi culpa’ no deben interpretarse como evidencia de responsabilidad.
La mirada debe dirigirse hacia la experiencia que atravesó el niño y hacia las condiciones que hicieron posible el abuso.
¿Qué debería hacer un adulto cuando percibe cambios en un niño?
La primera respuesta consiste en ofrecer seguridad y escucha. Las pesadillas, la irritabilidad, el retraimiento, las dificultades escolares, la hipervigilancia, las molestias físicas o los cambios de conducta pueden señalar malestar, aunque ninguna de estas manifestaciones confirme por sí sola un abuso.
Recomiendo evitar interrogatorios o preguntas que conduzcan al niño hacia una respuesta determinada. El adulto puede abrir un espacio de confianza con una frase sencilla: ‘He notado que algo te preocupa; si quieres hablar, estoy aquí para escucharte’.
Escuchar permite que el niño encuentre sus propias palabras y reciba una respuesta de seguridad en lugar de presión.