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Diario Expreso Ecuador

Análisis

La semana que Osvaldo Hurtado demolió al Gobierno

En una opinión pública dominada por el miedo, las críticas del expresidente al noboísmo parecen marcar un punto de inflexión

El expresidente de la República, Osvaldo Hurtado, en la presentación de su libro

El expresidente de la República, Osvaldo Hurtado, en la presentación de su libro "Dictaduras del siglo XXI"FLICKR: Wenceslao Cruz

Roberto Aguilar
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Viernes, 31 de julio: desenlace de infarto para una semana marcada por la crisis (¿de conciencia?) que el expresidente de la República Osvaldo Hurtado produjo en Carondelet. A las siete de la mañana, en el podcast Politizados, de este Diario, Hurtado afinaba los conceptos con los que demolió al gobierno: criptodictadura, protodictador... 

Una hora después, en sus estudios de Guayaquil, los analistas de la radio oficiosa del noboísmo introducían confusa y peligrosamente la variable regional en lo que debía ser un debate sobre sistemas políticos; mientras tanto, en una entrevista concedida a los tiempos a una radio quiteña, (vanamente convencido de que el descontento es un fenómeno local), el inquilino de Carondelet se ocupaba personalmente del debate: se arremangaba, lo sujetaba con ambas manos y lo sumergía hasta el nivel en el que parece sentirse más cómodo: el albañal de las ideas. Signo de su irreversible derrota.

Ha sido patética la incapacidad del gobierno de sortear las críticas de Hurtado. Tanto lo superaron que ni siquiera fue capaz de inventarse un distractor, que es lo que hace siempre. El episodio protagonizado por el ex presidente, del que se seguirá hablando, parece marcar un antes y un después en las relaciones (hasta la fecha dominadas por el miedo) entre el gobierno y la opinión pública. Debería.

Hurtado agita la conversación

Lo de Hurtado fue un terremoto. Parte del efecto que produjeron sus palabras se debió a una mezcla de características personales que, en los tiempos en que Ecuador era un país democrático (lo que hoy se llama viejo país), se daban por sentadas pero en la actualidad han desaparecido de la escena política: la convicción, es decir, esa seguridad que se adquiere con la reflexión y el cultivo de valores; la serenidad que proviene del respeto al otro y de la noción de que en democracia no existen enemigos sino adversarios (incluso los enemigos de la democracia son, en democracia, sólo adversarios); la fe en el poder de la palabra, que descansa sobre una vocación aún más profunda, la del hombre de ideas: la certeza de que el uso público de la razón es la única herramienta de que dispone una sociedad para arbitrar sus diferencias y la única posibilidad de reconciliación entre adversarios; finalmente la firmeza, que consiste sobre todo en la claridad para establecer los límites de lo admisible...

He ahí los ingredientes del terremoto Hurtado. 

El nuevo Ecuador es el país del lumpen parlamentarismo, del analfabetismo funcional y la precariedad moral como requisitos del quehacer político; un país donde el discurso público es por naturaleza sinuoso y artero; donde la descalificación ha sustituido al debate de ideas, impracticable por la simple razón de que nadie las cultiva: los políticos del nuevo Ecuador tienen la cabeza amoblada de basura, cuando no de codiciosas pretensiones. Gobernado, además, por un dudoso caudillo de escasas luces, cuyo vocabulario difícilmente llegará a las cien palabras y cuyo poder proviene de su condición (que él mismo se ha encargado de publicitar) de pésimo enemigo, es decir, de su capacidad de causar miedo, el nuevo Ecuador es un país en el que se ha olvidado que un político puede hablar de la manera como lo hizo Hurtado: convencido, sereno, firme, racional y razonable. De ahí el efecto de sus primeras declaraciones, ofrecidas la semana anterior al periodista manabita Pedro Clotario, ya famoso y respetado por haberle plantado cara (y humillado) al delincuente Rafael Correa. Pero el lunes de esta semana, cuando el expresidente volvió a la carga, esta vez en televisión nacional, lo suyo se volvió cuestión de Estado.

Fue ahí, en Teleamazonas, donde Hurtado acuñó la categoría con la que el gobierno de Daniel Noboa pasará a la historia: criptodictadura. Eso debió doler. Que un representante del viejo país, a sus 87 años, se encuentre lo suficientemente actualizado y en forma como para jugar con un prefijo muy utilizado en el mundo de las nuevas tecnologías y componer una palabra que debió ocurrírseles a ellos... Eso es humillante. Los treintañeros del régimen tendrían que nacer de nuevo y empezar de cero para ser capaces de algo semejante.

El viernes, en Politizados, Hurtado afinaría sus conceptos: el régimen es una criptodictadura: dictadura encubierta, dictadura cifrada; el caudillo: un protodictador, un dictador en ciernes. Mandarles a consultar el diccionario dos veces en la misma semana es demasiado.

Osvaldo Hurtado se convirtió en el centro del debate político tras los ataques coordinados de varios asambleístas de ADN contra sus declaraciones.

Osvaldo Hurtado se convirtió en el centro del debate político tras los ataques coordinados de varios asambleístas de ADN contra sus declaraciones.Imagen generada con IA

El expresidente lleva dos décadas reflexionando sobre lo que ha llamado “Dictaduras del siglo XXI” (de hecho, ese es el título de uno de sus libros) y sabe perfectamente de lo que habla: gobiernos legitimados por las urnas pero que, en el ejercicio del poder, rompieron todos los criterios de funcionamiento de una democracia.

Desconocieron la separación de poderes: atropellaron la independencia judicial; dinamitaron el sistema de pesos y contrapesos; persiguieron y acosaron al periodismo independiente... El régimen de Noboa, que hoy maneja desde el Ejecutivo todas las funciones del Estado; que se ha apropiado del Consejo de la Judicatura y ejerce intolerables presiones sobre jueces y fiscales; que incluso logró nombrar un fiscal general de bolsillo para que le haga los mandados y actúe como operador de sus conspiraciones políticas; que mantiene un cerco intolerable sobre los medios de comunicación que no controla y que ha obtenido ya las cabezas de varios periodistas; que ha sido capaz de montar un enorme aparato de producción de desinformación financiado con dinero público; que controla también el sistema electoral y camina hacia unas elecciones fraudulentas de las que se ha preocupado por descalificar, con ilegalidades ostensibles, a los principales candidatos y partidos opositores... Ese régimen ha hecho todos los méritos para merecer, al menos, el calificativo de criptodictadura.

Esos han sido, poco más o menos, los argumentos de Osvaldo Hurtado. Y ante ellos, la respuesta del gobierno ha sido paupérrima y vergonzosa. Consiste, básicamente, en eludir el debate y descalificar a la persona. Primero, echaron a sus asambleístas como quien echa a sus perros: que si Hurtado nunca había ganado una elección (lo cual es mentira); que si sucretizó la deuda y produjo con ello la crisis bancaria del 99 (lo cual es una simple estupidez); que si no sabe de lo que habla e ignora el verdadero significado de “dictadura” (lo cual es evidentemente falso y, en todo caso, debía ser demostrado)... Durante dos días el bloque parlamentario del partido de gobierno actuó, por una vez, como lo que en realidad es: un ejército de trolls. Fue un desfile de payasos sin vergüenza.

Serían los analistas de la radio oficiosa del gobierno (radio Centro, sobre cuya compra por testaferros de Carondelet se pronunció el presidente Hurtado exigiendo una aclaración por parte del inquilino de Carondelet) quienes elevarían la descalificación a un nuevo nivel de intensidad: el problema, dijeron, es que el expresidente representa a las élites de Quito. Ese argumento (que no lo es ni mucho menos) constituye una peligrosa irresponsabilidad. Porque aun suponiendo que fuera cierto, no exime a nadie de rebatir las razones de Hurtado y acoger el debate sobre el sistema político que propone. Por el contrario, se ignoró sus argumentos y se pretendió descalificarlos con el simple expediente de atribuírselos a la élite quiteña: regionalismo puro y duro que juega la carta de la división nacional por falta de mejor idea.

Pero lo peor, sin duda, vino cuando el protodictador abrió la boca. Se desnudó en su abrumadora pequeñez. Se refirió al presidente Hurtado como “un cadáver sumergido en formol”. Ni siquiera sus asambleístas, que son unos iletrados sin noción política alguna en su cabeza; ni sus trolls, que son unos canallas; ni sus analistas oficiosos, que son unos serviles... Ni siquiera ellos fueron capaces de llegar más bajo. La expresión “Un cadáver sumergido en formol” hace alusión a la edad de su adversario. ¿Eso es todo lo que tiene que decir el inquilino de Carondelet sobre las críticas razonadas, articuladas y respetuosas de su oponente? Dijo Noboa que son los medios de comunicación los que han puesto a ese cadáver ante los micrófonos para que “insulte al presidente”.

El presidente Daniel Noboa ha enfrentado el debate esta semana de por qué no considera que se vive en

El presidente Daniel Noboa ha enfrentado el debate esta semana de por qué no considera que se vive en "dictadura"CORTESÍA

¿Quién insulta a quién? “Cadáver sumergido en formol”: ¿es eso lo que piensa Daniel Noboa de su propio padre, que tiene 12 años menos que Hurtado y se encuentra, tristemente, en las condiciones que el país conoce? ¿Es Álvaro Noboa un cadáver sumergido en formol? Los 200 mil ancianos que se movilizaron para votar por él y le dieron el triunfo en la segunda vuelta electoral del 2025, ¿son cadáveres sumergidos en formol? ¿Qué clase de pedagogía, qué clase de moral imparte al país el inquilino de Carondelet al desdeñar el debate de ideas que se le propone y refugiarse en semejante mezquindad?

Algo cambió en el Ecuador esta semana. El presidente Osvaldo Hurtado dijo “el rey está desnudo” y lo dijo con tal autoridad que el país entero se detuvo a escucharlo. La respuesta del gobierno fue una vergonzosa bufonada: ahora tendrá que redoblar su apuesta de dividir al país entre jóvenes y viejos, entre costeños y serranos, de levantar muros ahí donde el debate racional exige reconciliaciones. O reconocer que el giro que logró imprimir esta semana el expresidente de la República a la conversación nacional es irreversible. En otras palabras: Daniel Noboa avanza un paso más allá de la criptodictadura o retrocede. Porque para el país no hay vuelta atrás.

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