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Diario Expreso Ecuador

Cuando el poder olvida al pueblo

La indignación ciudadana crece en Ecuador ante un poder enfocado en perseguir críticos mientras prevalecen la inseguridad y los hospitales desabastecidos

Mientras la crisis hospitalaria e inseguridad persisten, el poder combate a las voces incómodas.

Mientras la crisis hospitalaria e inseguridad persisten, el poder combate a las voces incómodas.Archivo Expreso

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Indignación. Eso sentimos muchos ciudadanos -me incluyo- al advertir que existe mayor preocupación gubernamental por las voces que incomodan al poder, cuestionan sus decisiones o exponen realidades, que por atender los problemas que golpean diariamente a los ecuatorianos. Lo más grave es que el conflicto político parezca importar más que la vida de las personas.

Si las prioridades fueran otras, nuestros hospitales tendrían equipos, insumos y medicamentos suficientes. No habría pacientes obligados a comprar fármacos o pagar exámenes en laboratorios privados porque el sistema público no puede proporcionarlos. Detrás de cada carencia hay una historia: una familia que no sabe cómo pagar, una madre desesperada, un enfermo que no puede esperar.

Las prioridades reales

Ese es el verdadero Ecuador. El que espera en una emergencia, el que busca medicinas, el que trabaja para sobrevivir y, además, paga impuestos, aporta a la seguridad social y cumple sus obligaciones. Ese hombre o mujer tiene derecho a salir a trabajar y regresar vivo a casa. La seguridad no puede ser una promesa electoral ni una cifra para mostrar en una rueda de prensa. El ecuatoriano de a pie no pide privilegios. Pide que su dinero se traduzca en soluciones.

Por eso resulta indignante que, mientras la ciudadanía enfrenta inseguridad, enfermedad, pobreza y servicios deficientes, desde el poder se dediquen tantas energías a identificar enemigos, desacreditar críticos o silenciar voces incómodas.

Un periodista que cuestiona al Gobierno no es el problema. Un opositor que incomoda tampoco. El verdadero adversario debería ser la inseguridad, la pobreza, la corrupción, la ineficiencia y el abandono.

En democracia, la crítica no es una amenaza, es un mecanismo de control. Quien gobierna debe entenderlo. Y mientras se acercan las elecciones, volveremos a escuchar promesas de seguridad, empleo, salud y bienestar. Pero el pueblo ya conoce el libreto.

El poder es temporal y pertenece, en última instancia, a los ciudadanos. Ellos merecen un Estado que los escuche, los proteja y los atienda. Porque cuando el poder se preocupa más por quien lo critica que por quien sufre, la indignación deja de ser una emoción.

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