La papa de Potsdam
Más que un hallazgo científico, el episodio evidencia cómo la desinformación puede eclipsar las explicaciones de la ciencia

La imagen de la NASA y la confusión sobre la escala
Estos días recibimos al geoide como si acabara de nacer. La imagen de una Tierra abollada, con jorobas y hundimientos, recorrió medios digitales, televisiones e impresos. Vean, decían, esta es la verdadera forma de la Tierra.
No es nueva. El centro alemán de geociencias de Potsdam viene publicando esa misma imagen desde 1995. La llaman la papa de Potsdam. En 2011 volvió a circular como novedad y hubo que aclararlo entonces. Treinta y un años de lo mismo, redescubierto cada tanto.
Tampoco es nuevo el concepto. Gauss describió esa superficie en 1828 y Listing la llamó geoide en 1873. Pero la forma achatada se confirmó antes, y se confirmó aquí. Newton sostenía que la Tierra estaba achatada en los polos y Cassini que era alargada. Solo podía resolverse midiendo sobre la línea equinoccial, y por eso en junio de 1736 llegaron a Quito tres académicos de París. Tardaron nueve años. Ganó Newton.
La imagen de la Tierra con forma de papa que difundió la NASA este mes traía al pie, en mayúsculas, la advertencia de que aquello no estaba a escala. Tres signos de admiración. Es lo más enfático que una institución científica puede emitir sin gritar, y fue lo único de toda la ficha que no llegó a ninguna parte. Lo que trascendió fue el descubrimiento de algo que llevábamos treinta y un años viendo, solo que esta vez el render tiene mejor resolución.
La imagen de la NASA y la confusión sobre la escala
El asunto ya no es la Tierra. El conocimiento se acumula. Su actualización se diluye. La NASA publicó un logro y su advertencia el mismo día, en la misma ficha. Del logro se ocupó todo el mundo. La advertencia no le interesó a nadie, y por eso lo que se aclaró en 2011 hubo que repetirlo este mes, desde cero.
La Tierra parece una papa si y solo si exageramos su forma, le estiramos la altura y dejamos el ancho igual. A simple vista es lo que era, achatada en los polos y abombada en el ecuador. Newton lo dedujo en 1687, desde un escritorio, casi tres siglos antes de que existiera una imagen de satélite. Y desde el espacio, aún es ese globo azul de los colegios.
Tenemos más acceso que nunca. Pero la fe de erratas se imprime en hoja suelta, y es la primera página que se cae de un libro viejo.
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