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Diario Expreso Ecuador

Iván, el amigo, el pensador (I)

Un homenaje a Iván Carvajal, poeta y pensador ecuatoriano, desde la memoria de una amistad marcada por la filosofía, la literatura y la poesía

Iván Carvajal, poeta y pensador ecuatoriano, dejó una obra que lo sitúa entre las voces fundamentales de la poesía nacional.

Iván Carvajal, poeta y pensador ecuatoriano, dejó una obra que lo sitúa entre las voces fundamentales de la poesía nacional.Archivo

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Hay un momento irrepetible cuando un amigo querido parte, en el que aún se siente su presencia y el calor de sus palabras, antes de que empiecen a erigirse monumentos en su recuerdo. No es que Iván no tenga derecho a todos los oficios recordatorios en su nombre. Los tiene e incluso mereció más en vida de los que se le otorgaron, por la altura a que llevó su creación poética, que lo sitúa en ese país secreto, imposible de demarcar geográficamente, junto con Jorge Carrera Andrade, Alfredo Gangotena, César Dávila Andrade, Efraín Jara Idrovo. Sin embargo, no se quiebra el aliento por estatuas ni provocan lágrimas las placas de homenaje.

Una amistad nacida entre filosofía y poesía

Conocí a Iván Carvajal a fines de la década de los 60, cuando coincidíamos en el Cine Foro que dirigía Ulises Estrella en la universidad Central del Ecuador. Nadie nos presentó. Alguien me habló de él alguna vez, presentándomelo como intelectual de izquierda, membrete que le habría causado gracia, precisamente a él, quien se encargaría de desmontarlo. Nos encontramos personalmente en Guayaquil, en la Universidad Católica, en los primeros años de los 70. Un amigo de cada uno tuvo la maliciosa idea de convocarnos para un debate universitario que enfrentaría a un filósofo de izquierda y otro de derecha, que asustaba a sus alumnas de entonces hablándoles de Heidegger y de la pregunta por el ser. El debate no se dio pues ambos estábamos de acuerdo en que primero debíamos esclarecer el problema de la autoconsciencia hegeliana. Pero fue el comienzo de una amistad que perduró décadas. Intercambiamos nuestras lecturas que nos obsesionaban: Tierra Yerma, de Eliot; El cuarteto de Alejandría, de Durrel; y yo, especialmente, la novedad del cuestionamiento de un filósofo judío, Levinas, a Heidegger. De ahí nació ‘In partibus infidelium’, que reúne todas estas voces y preguntas al ritmo de la Odisea.

Un legado más allá de los homenajes

Los amigos emprenden caminos intelectuales distintos que los acercan o los pueden alejar definitivamente. Iván y yo compartíamos, es duro usar el tiempo pasado, la pasión por la filosofía. Si la filosofía no es nada más que erudición, citas y pensamientos aislados, aunque brillantes, hay que desecharla. Nos unía la relación entre filosofía y época y cómo esta expresaba el misterio de la vida. Iván estaba presente generoso, sorprendente, apasionado por la vida y su contingencia, y trató de enseñarme, aunque en eso fracasó, que no había por qué temer a la muerte.

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