El circo digital
Redes sociales y falsos medios digitales esconden la verdad y degradan el debate público, frente al periodismo auténtico que indaga lo que quiere ocultarse

Las plataformas digitales crean una percepción de abundancia informativa que aplaca la necesidad de respuestas o las sustituye con guiones falsarios y entrevistas trucadas.
La explosión tecnológica ofrecía, a primera vista, poner al alcance de cualquiera información sin filtros. Hace décadas sólo un reportero que se jugaba el tipo en el teatro de los hechos, un presentador curtido o un columnista encorvado bajo el peso de sus lecturas se ganaban el favor de una audiencia o lo perdían si comprometían su credibilidad. Hoy, cualquier improvisado con tres divorcios por maltrato e hijos abandonados que no querrán saber de él ni cuando el notario lea su testamento, puede lograr en poco tiempo decenas de miles de seguidores con tal que haya digerido las cuatro tácticas del influencer para filmarse 30 segundos mientras conduce un vehículo -puesta en escena favorita- y sienta cátedra de armonía conyugal y paternidad responsable.
Política
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Flor Layedra Torres
El escudo que otorgan las redes
El problema no es el prototípico consultor del ejemplo, que cualquiera tiene derecho a montarse un chiringuito en un parque público, virtual o no, para vender el potingue de la eterna juventud. Tampoco lo es que haya ingenuos y palurdos dispuestos a tragar ruedas de molino. Hay que tolerar esto y más si queremos vivir en libertad y mínima regulación de la autoridad, cuyos remedios siempre son peores que la enfermedad. La cuestión es que los protagonistas de hazañas y patrañas de interés público -autoridades, líderes, gremios- han hallado, por paradójico que parezca, en las mismas redes que prometían una nueva frontera informativa el escudo que protege su silencio o sus mentiras, con la misma eficacia con que atrofia la capacidad del público para separar la paja del trigo.
Las plataformas digitales crean una percepción de abundancia informativa que aplaca la necesidad de respuestas o las sustituye con guiones falsarios y entrevistas trucadas. Al periodismo auténtico, el que indaga lo que quiere ocultarse, no había cómo ignorarlo sin consecuencias y la refutación de la crítica difundida desde un plató exigía dar la cara en el mismo foro y enfrentar la interpelación de un entrevistador avezado. Hoy basta con sepultar el argumento incómodo bajo el barullo de los mal llamados medios digitales, apenas una etiqueta sin firma de responsabilidad en muchos casos, cuyos relatos son esparcidos por troles de pago y tontos útiles y gratuitos. Es un espectáculo que dice más acerca de la degradación de las audiencias que de los payasos del circo, que a fin de cuentas son simples mercenarios que cobran, comunes a toda época.