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Diario Expreso Ecuador

Las sillas del poder

El poder político no se compra, se gana con confianza y surge de una dinámica entre los gobiernos, la prensa libre e independiente, y la decisión del votante

En democracia, quien manda en las urnas es el pueblo, convertido en juez ciudadano, al recibir con su voto individual, libre y secreto el mayor poder político.

En democracia, quien manda en las urnas es el pueblo, convertido en juez ciudadano, al recibir con su voto individual, libre y secreto el mayor poder político.Generada con IA

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Se abren las puertas de un salón elegante, dispuesto para una ceremonia importante. Al entrar, muchos miran las mejores sillas y quieren sentarse en primera fila, de preferencia en el centro. Pero no hay lugar para todos. Curiosamente, casi nadie desea las filas de atrás y menos aún la galería.

En el juego del poder, como en ciertas ceremonias, la ubicación parece decir mucho. Aunque las apariencias engañen.

En el centro está una de las sillas más codiciadas: Carondelet. Representa al Ejecutivo, concentra poder y decisión. A su derecha, la silla de quien preside la Asamblea Nacional: otro poder y, a veces, otro pulso. Hacia los costados aparecen sillones relevantes: el de Olmedo, en Guayaquil; las alcaldías de Quito y Cuenca, y otros gobiernos locales con liderazgo e influencia. Estos pueden cooperar con las sillas centrales o convertirse en incómodos contrapesos.

En una democracia sana, esas sillas no tienen precio: no se compran. El derecho a ocuparlas se conquista con confianza y credibilidad, y se sostiene con resultados.

Fila atrás aparece el poder económico. En ciertos casos, antes de las elecciones estudia la carrera y puede apostar por uno o varios caballos con posibilidades de ganar. Cultiva cercanías y procura no quedar lejos del vencedor. Luego quisiera avanzar hacia la primera fila, pero, contados los votos, se topa con una vieja realidad: la chequera puede influir mucho, pero el codo del político suele pesar más al disputar la fila.

Hay otra silla necesaria y singular. No está detrás del poder ni debería aspirar a sentarse junto a él. Está enfrente para observarlo con responsabilidad e independencia: es la silla del periodismo. Desde allí pregunta, cuestiona, investiga, aplaude o critica cuando corresponde. Su fuerza nace de las libertades de prensa, expresión y opinión.

El movimiento telúrico del poder comienza a sentirse cuando quien ocupa una silla central pretende reorganizar el salón: acercar las sillas amigas y debilitar o alejar las que discrepan, compiten o incomodan. Los gobiernos con tentaciones autoritarias procuran acercarlas, ocuparlas o desplazarlas.

Quién manda realmente en la democracia ecuatoriana

Y llegamos a la galería, ese lugar que casi nadie quiso ocupar al entrar al salón. Allí están, paradójicamente, las sillas más numerosas: las de los ciudadanos.

Terminadas las elecciones, con frecuencia se los escucha menos y se los recuerda cuando se aproxima otra campaña. Entonces ocurre algo extraordinario: en el salón cambia la jerarquía. Y aparece la paradoja más poderosa del salón democrático: quien ocupaba la silla que casi nadie quiso al inicio, llegado el momento, baja de la galería. Allí, convertido en juez ciudadano, recibe con su voto individual, libre y secreto el mayor poder circunstancial del salón. Es entonces cuando una prensa libre, honesta e independiente resulta más esencial: le permite contrastar versiones, conocer distintas miradas, formar criterio y decidir.

Así, el juez ciudadano, sentado en el mejor sillón y -cabe esperar- debidamente informado, decide quién se va y quién se queda; es decir, quién tendrá el privilegio -siempre temporal- de ocupar, en la primera fila, las sillas del poder.

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