Columnas

Hacer del planeta un erial

Hoy la Conaie, guiada por líderes escasamente ilustrados y rabiosamente fanatizados en su izquierdismo, está a punto de cometer el error más grande de su historia: regresar al punto de partida’.

Quienes estudiaron la universidad a mediados de los ochenta recordarán los debates sobre “la cuestión indígena” en el seno de la izquierda como el ejercicio más abstruso de masturbación mental que concebir se pueda. ¿Son proletarios los compañeros indígenas?, se preguntaban los militantes sin sombra de ironía. ¿Pueden constituirse en clase revolucionaria sin atravesar las etapas organizativas de un obrero sindicalizado? Cuesta creerlo: lo discutían en serio y se devanaban los sesos en este tipo de cuestiones.

Algunos buscaban inspiración en la palabra revelada de san Carlos Marx y no hallaban nada que no fuera un inocultable desprecio por los campesinos y su arcadia precapitalista. Otros creían encontrar soluciones expeditivas en el ortodoxo Karl Kautsky, que proponía industrializar el agro para proletarizar a los trabajadores agrícolas. Por lo general, las salidas marxistas al problema campesino omitían un rasgo fundamental de “la cuestión indígena”: el componente cultural. Incluso los famosos “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, del también marxista José Carlos Mariátegui, desdeñaban este aspecto y centraban la cuestión en el análisis económico: para él todo se reducía a un problema de tenencia de la tierra, gamonalismo, régimen de hacienda, feudalismo criollo. Pero el Ecuador ya había atravesado por dos reformas agrarias que realmente transformaron la estructura agraria y contribuyeron a reconstituir la comunidad indígena, así que el valor de Mariátegui había quedado reducido a lo testimonial.

Solo quedaba un camino: pensar por cuenta propia. Pero a la izquierda criolla le faltaba entrenamiento para eso. No resulta extraño, pues, que la solución que encontraron los propios indígenas empezara por situarse ostensiblemente de espaldas a las recetas ideológicas de la izquierda y sus estructuras partidistas. Esa solución surgió en 1986 y se llamó Conaie. No tenía nada que ver con la histórica Federación Ecuatoriana de Indios (FEI), fundada cuarenta años antes por Dolores Cacuango en el seno del Partido Comunista. La novedad consistía en que las reivindicaciones de la Conaie eran culturales: la posmodernidad acababa de aterrizar en el Ecuador donde menos se la esperaba y la izquierda, para variar, no la vio.

Nueve años más tarde se fundó Pachakutik como brazo político del movimiento indígena pero con una vocación ecuménica que lo convirtió en el refugio de una clase media intelectual, urbana y mestiza que huía de la ortodoxia de los partidos tradicionales de izquierda. El tándem Conaie-Pachakutik convirtió la agenda indígena en agenda nacional: es lo más cercano a una revolución que ha ocurrido en este país en el último medio siglo.

Hoy la Conaie, guiada por líderes escasamente ilustrados y rabiosamente fanatizados en su izquierdismo, se encuentra a punto de cometer el error más estrepitoso de sus 46 años de historia: regresar al punto de partida. El “comunismo indoamericano” que persigue Leonidas Iza, probable próximo presidente de la organización, desconoce y traiciona todo el proceso político del movimiento indígena de 1980 para acá y sitúa las cosas en el estado en que se encontraban cuando Dolores Cacuango fundó la FEI: en el estado del gueto. Iza, claro, no tiene un gramo de poesía en sus venas: cuando cita aquellas famosa sentencia de “Somos como la paja del páramo y de paja de páramo llenaremos el mundo”, está siendo literal: él quiere convertir el planeta en un erial.