Demagogia y saludo a la bandera

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Demagogia y saludo a la bandera

La tarea, de hecho, es maravillosa y tentadora. Lástima que los políticos estén a cargo

La educación intercultural bilingüe en el Ecuador es un derecho indiscutible y una maldición al mismo tiempo; una conquista social y uno de los grandes monumentos de la demagogia criolla. E n resumen: es una trampa.

Consagrada por primera vez en la Constitución de 1998, junto con una lista larga de derechos de los pueblos indígenas que los correístas creen que se inventaron ellos, la educación intercultural bilingüe lleva ya dos decenios de juntar fracasos. En todos estos años, no ha habido dirigente indígena en el país que no estuviera dispuesto a batirse en su defensa: lo enaltecen en sus discursos, lo ponen como prioridad en todas sus agendas, lo exigen con vehemencia en sus reivindicaciones. Pero a la hora de enviar a sus hijos a la escuela, lo último que harán estos dirigentes es matricularlos en el sistema intercultural bilingüe. Y la verdad es que nadie puede culparlos por una sencillísima razón: la educación que ahí se imparte no garantiza el acceso a la universidad. Si acaso, garantiza todo lo contrario.

En las escuelas bilingües de la Sierra se ven cosas increíbles: alumnos de 12 o 14 años incapaces de leer; niños que, bajo el pretexto de las particularidades culturales, acumulan cientos de faltas en un año escolar: porque las fiestas de la comunidad (sanjuanes, por ejemplo) pueden durar varias semanas, o porque la comunidad los requirió para las labores del campo. En estas escuelas (así lo prescribió la Constitución del 98 y así lo copió Montecristi), el español es “idioma de relación intercultural”, y el quichua, “lengua principal”: al revés de lo que ocurre oficialmente en el país. En la mayoría de los casos, el resultado de la aplicación de este criterio es que el bilingüismo no se logra jamás: los egresados de esas escuelas tienen serias dificultades de comunicación en español. No pueden, por ejemplo, leer y entender una nota de prensa. Menos podrán enfrentarse con las complejidades de un libro de texto universitario.

Nada de esto invalida, por supuesto, el concepto de la educación intercultural bilingüe. Nomás crea ciertas responsabilidades. Porque resulta que el papel (especialmente aquel en el que están escritas las constituciones) aguanta todo. Es fácil garantizar nuevos derechos, el problema es que muchos de ellos necesitan ser cultivados. Y este es el caso. Ni el Estado, ni la Conaie, que debería preocuparse por mantener con vida esta conquista que costó tanto, han asumido ninguna de las tareas que plantea el desafío de la escolarización en quichua: una política de traducciones, por ejemplo; o un esfuerzo por sistematizar ese enorme cúmulo de conocimientos ancestrales de transmisión oral (en el área de la salud, en la botánica, en la agricultura…). De ahí que los libros de texto del sistema bilingüe tienden con facilidad a convertir su componente intercultural en un saludo a la bandera, y no en conocimiento concreto.

Una despistada asambleísta constituyente de Montecristi, hablando del papel que deberían desempañar las lenguas vernáculas en la educación y la vida pública del país, llegó a comparar el caso del quichua con el del catalán. El quichua, un idioma ágrafo que recién en el año 98 fijó sus reglas ortográficas y carece de una bibliografía elemental para cualquier carrera universitaria; el catalán, una lengua moderna con una tradición en formación de traductores que ha hecho de Barcelona una potencia editorial.

Mucha demagogia hay en el patio. La verdad es que falta mucho, muchísimo para lograr un sistema de educación bilingüe eficiente entre quichua y castellano. La tarea, de hecho, es maravillosa y tentadora. Lástima que los políticos estén a cargo.