Aprender y desaprender

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Aprender y desaprender

Y es que eso es lo que tenemos, un Estado descalabrado, con urgencias inmensas y una población que ni quiere, ni puede seguir sacando del bolsillo para subsanar errores ajenos’.

Qué desafiante la situación cuando te plantea que lo que aprendiste en el pasado ya no funciona para el futuro. Es la premisa de los tiempos líquidos de Zygmunt Bauman. Nada está garantizado, se debe aprender a desaprender y observar el contexto para poder actuar en función de las novedades del ecosistema. El cambio es la constante, pero la pregunta existencial está en si los cambios son de fondo o de forma. Los principios no se comprometen, a no ser que las cosas cambien y eso, en lo que una vez creímos, deje de tener sentido.

Estas experiencias de cambio se viven continuamente, de manera generalizada por aquello experimentado a raíz de la pandemia. Lo vive quien pierde a un ser querido, quien se queda sin trabajo y debe cambiar su ámbito profesional, quien atraviesa un divorcio, quien comete un crimen y debe recluirse, y así, un sinfín de ejemplos que el lector puede imaginar o proyectar a su gusto, porque este artículo tiene la específica intención de reflexionar.

El país atraviesa momentos duros, aunque hemos tenido peores. La necesidad de navegar las dificultades con cabeza fría es imperiosa.

La Asamblea Nacional está demostrando que funciona con la lógica del bloqueo, cada uno aplicando su visión de cálculo político y las batallas que se dan a la interna por poder y prebendas. En estos pocos meses de gobierno hemos podido destacar los hechos noticiosos que desde esa función se resaltan, con la desagradable conclusión de que pagan justos por pecadores, pero la evaluación como colectivo es mala. No nos permitieron conocer cuáles eran los puntos en los que se disentía sobre la ley Creando Oportunidades; se la rebotó al despacho presidencial seguida de una carta bastante elocuente, como de pelea de barrio, invocando la Consulta Popular entre líneas: “Ya vente que no te tengo miedo”.

Por otro lado están los miembros del Ejecutivo, a quienes se les reclama el manejo político de dicha función, quizá concretada, ahora, en la poca apertura con respecto de los temas a tratar en la ley. Pudo ser por estrategia política o por dinámica de trabajo, pero no debe ser fácil tener que explicar que, de repente, hay conflicto entre la visión del progreso y la realidad de los dolorosos compromisos que un Estado financieramente descalabrado requiere.

Y es que eso es lo que tenemos, un Estado descalabrado, con urgencias inmensas y una población que ni quiere, ni puede seguir sacando del bolsillo para subsanar errores ajenos. Incluyo en la reflexión a los endilgadores de derechos por sobre todas las cosas, sin contemplar que todo derecho conlleva una obligación y que para poder “dar” algo, primero hay que producirlo. Los dirigentes sociales, entre ellos también dirigentes indígenas, que insisten en discursos carentes de propuestas, pero generosos en amenazas.

La situación invoca una profunda y generalizada necesidad de aprender y desaprender. Quizá será mucho pedir para quien funciona solamente desde su metro cuadrado, pero es que desde allí no siempre se hace país.

Cada una de las partes está llamada a consultas; la ciudadanía observa, el país toma nota. Los cambios no se abarcan bien desde la rigidez y quien no se adapta, no sobrevive.