Columnas

Con políticos así, para qué enemigos

Con líderes así, con un pie metido en la necrofilia política, lo único seguro es que el diagnóstico del país siempre empeorará.

Cualquier diagnóstico muestra una situación sobrecogedora del país. Situación que se agrava con los días, con la pobreza y el desempleo, con los muertos por coronavirus, con las denuncias de corrupción, con los actores involucrados, con las autoridades señaladas como cómplices del reparto de hospitales efectuado en el gobierno de Rafael Correa… Si se suman las tentativas de desestabilización política e incluso los llamados abiertos o velados a sacar al presidente, el cuadro clínico del país es alarmante: luce como libro desencuadernado y el gobierno como helado puesto al sol. ¡Y todavía Lenín Moreno tiene once largos meses por delante!

Ecuador pone, como es costumbre, el acento en el diagnóstico. ¿Y quién puede dudar de que adquirirá dimensiones espeluznantes durante la campaña electoral? La tentación de erigirse en salvador supremo en el caos o de convertirse en alternativa de poder sobre las cenizas de un gobierno licuado por sus errores y las circunstancias, es generalizada. Hay algo de necrofilia en la política nacional.

Los políticos tradicionales -habrá excepciones- entienden su oficio como el arte de asesinar a sus contrincantes. Y por simbólica que sea esa pulsión, se aplican con esmero a encontrar en la vida real motivos para convertir al otro en enemigo. Así la política, que es el arte de debatir y de convencer, se convierte en una escuela para destilar odio y mantener a los otros a raya. En Ecuador aplica burdamente la máxima de “quítate tú para que me ponga yo”.

El resultado está a la vista: el líder político ecuatoriano vive acuartelado, cual comandante en El desierto de los tártaros. Tanto tiempo emplea a combatir el gobierno de turno como en pactar con los suyos estrategias para atacar y defenderse de sus competidores. Con ellos no dialoga ni debate. Los desconoce. Los ningunea. El país ha vivido con líderes políticos que se evitan. Que han concluido, por las razones que sean y cada uno tiene las suyas, que el único sitio de debate político es la Asamblea Nacional. Un lugar donde el debate es una suma de egos puestos ante una cámara, engañados por su propio deseo de que el país los vea, los alabe y los lleve a otro cargo.

Si el país luce desencuadernado, sobre todo por culpa de la política, y si la política es el camino para encarrilar al país, la pregunta es: ¿cómo se podrá lograr con líderes políticos que no se reconocen, que no se respetan, que no se hablan y que no debaten?

El diagnóstico del país (el actual, el del correísmo, el de antes…) requiere liderazgos vigorosos en las ideas y visionarios en las salidas. Y eso no se demuestra en la capacidad de indiferencia o en la animadversión que se prodigan los líderes políticos. Se prueba en la habilidad de esos líderes para poner sus ideas en escena y convertirlas en temas de conversación pública. Pero no por separado, como si estuvieran en eterna campaña. Lo que se espera de la política y de los políticos es que expliquen sus ideas (en debates, en encuentros, en foros con los otros líderes) y evalúen y debatan las de sus competidores. Y que lo hagan con la sobriedad, lucidez y honestidad suficiente para que la sociedad tenga caminos para superar escollos y resolver las crisis. Si la sociedad está en el vacío que hoy se comprueba es porque esos líderes no han hecho su trabajo. Si tienen soluciones -no promesas- para los problemas del país, ni las ventilan ni se ocupan de examinar las de sus contrincantes.

Con líderes así, con un pie metido en la necrofilia política, lo único seguro es que el diagnóstico del país siempre empeorará.