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Moreno se pega otro tiro en el pie

Ella y otros diez asambleístas desconocieron la estrategia del Gobierno y favorecieron la designación de Muñoz.

Un evento relativamente inofensivo, como reemplazar a Otto Sonnenholzner en la Vicepresidencia de la República, se convirtió en una bomba de tiempo para el Gobierno. Error de cálculo y de estrategia que comenzó con la conformación de la terna enviada el 10 de julio por el presidente Lenín Moreno a la Asamblea Nacional. En ella incluyó a sus dos más cercanos colaboradores, María Paula Romo y Juan Sebastián Roldán, y a la directora general del Servicio Nacional de Aduana, María Alejandra Muñoz.

Romo es la ministra de Gobierno y Roldán el secretario general de Gabinete de la Presidencia. Los dos tienen en este gobierno un alto nivel político. Los dos son del movimiento Ruptura y los dos son controvertidos y causan polémica. Muñoz es, en cambio, poco conocida y es más técnica que política. Esa disparidad podía dar a pensar que el presidente de la República conformó la lista pensando en favorecer a la exdirectora de Aduanas, cuyo perfil generaba menor resistencia. En realidad, en el tercer puesto de la terna debía ir Richard Martínez, ministro de Economía, pero fue dejado de lado por mutua conveniencia, relacionada con su rol de negociador de la deuda externa en este momento.

La estrategia del Gobierno estaba enfocada en llevar a la vicepresidencia a María Paula Romo. Una apuesta compleja que requería sumar 70 votos a su favor o contar con que ninguno de los tres nombres, puestos a consideración de los asambleístas, los obtuviera. Y de esa manera, lograr que Romo llegara a la vicepresidencia por el ministerio de la ley. Apuesta que fracasó porque incluso 11 asambleístas de Alianza PAIS, el partido oficialista, votaron por Muñoz, con los correístas y el Partido Social Cristiano, cuando en los cálculos del Gobierno debían haberse abstenido.

La operación fallida resulta costosa para Carondelet. María Alejandra Muñoz no le aporta nuevas cartas en el plano político y es improbable que alcance a hacerlo: tiene apenas diez meses por delante y el momento es particularmente álgido, por la campaña electoral que está instalada. Su designación como segunda mandataria hubiera podido ser tranquila si así lo hubiera querido el Gobierno. Pero no fue así: subió al escenario a los dos protagonistas más importantes del gabinete, Romo y Roldán. Los dos se obligaron a contarse política y públicamente. Y de esa incursión salen mal parados; sobre todo la ministra de gobierno. No tiene apoyo en la Asamblea y, como están las cosas, debilitó el piso político para su tarea con ese poder. Y se abrió otro boquete: queda expuesta ante sus adversarios que son legión en la Asamblea Nacional y que tres veces han intentado llevarla a juicio político.

En ese costo hay que incluir la fractura en el partido oficialista: Ximena Peña, coordinadora de la bancada de Alianza PAIS, renunció el mismo día de la designación. Ella y otros diez asambleístas desconocieron la estrategia del Gobierno y favorecieron la designación de Muñoz. Entre ellos, algunos incluyen, en los motivos de irritación, la convicción de que Alianza PAIS no gobierna sino que lo hace el movimiento Ruptura con otras fuerzas: una queja que solo se incrementará a medida que avance la campaña electoral.

El balance para el Gobierno no es nada halagüeño: fragilizó el frente político, debilitó a la ministra estrella del gabinete, partió su bloque legislativo y ahora se expone a que haya roces entre los tres miembros de la terna: todo dependerá de las tareas que programe el presidente para María Alejandra Muñoz y de las veleidades con que ella llegue al Gobierno.