Columnas

Los derechos colectivizados

El monumento al socialismo es la pirámide de fábricas, teatros y parques públicos erigidos sobre cadáveres humanos y en cuya cima se halla la figura del dictador...

El libro La virtud del egoísmo; un nuevo y desafiante concepto del egoísmo, es una compilación de ensayos escritos en la década de los sesenta por Ayn Rand y Nathaniel Branden. Sin poder entrar a analizar ‘in extenso’ la filosofía objetivista de Rand, quisiera relievar el concepto más poderoso del libro: la curiosa reivindicación del egoísmo y su aún más contraintuitiva condena del altruismo.

Rand pretende desconocer la connotación negativa del egoísmo, sin hacer un juicio ético de valor y reconociendo la legítima preocupación de los individuos por sus asuntos personales. A su vez denuesta al altruismo repudiando la equivocada noción de que todo acto, independiente de su moralidad o justicia, es bueno si se realiza en beneficio de terceros y es malo si es hace en beneficio propio. Ambos conceptos, en opinión de Rand, han sido tergiversados ‘ex profeso’ por la retórica socialista al vender la falacia de vincular individualismo con egoísmo y colectivismo con altruismo.

De particular relevancia en la actual coyuntura electoral resultan los capítulos acerca de los derechos del hombre y los derechos colectivizados. En dichos ensayos, Rand argumenta que los derechos colectivos no existen, salvo los individuales. Por consiguiente, es redundante hablar de derechos individuales pues un colectivo no es sino la suma de muchos o pocos individuos, por lo que cualquier derecho colectivo necesariamente se deriva -o debería derivarse- del derecho individual a la vida, la libertad, la propiedad y a la búsqueda de la felicidad.

Así resulta vergonzoso, no solo la ridiculez a la que están dispuestos a caer algunos candidatos, sino también escuchar algunas de sus propuestas. El baratillo demagógico de ofrecer regalar “altruistamente” dólares de juguete o incautar el dinero -ese sí real- producto del esfuerzo “egoísta” de millones de personas resulta moralmente inaceptable y solo puede ser producto de la mente acomplejada de parásitos incapaces de generar algo productivo en sus mediocres vidas.

Las sociedades pueden evadir la realidad y actuar bajo el capricho o la necedad de las pandillas de turno, pero aquello solo genera más pobreza. No existe ni existirá sociedad alguna que haya podido salir del subdesarrollo aplicando ideas socialistas o colectivistas. Porque resulta atractivo ser altruista y generoso robando el dinero ajeno, pero la tentación del camino fácil termina pasando factura a aquellas sociedades que sucumben a los cantos de sirena de los piratas de la política, como lo advertiría Ayn Rand sesenta años atrás: “Cuando se juzgue la devastación mundial causada por el socialismo, su mar de sangre y sus millones de víctimas, recuérdese que no fueron sacrificadas por el ‘bien de la humanidad’, ni por un ‘noble ideal’, sino por la enconada vanidad de algún bruto temeroso o de algún mediocre pretensioso que buscaba obtener un manto de “grandeza” inmerecida.

El monumento al socialismo es la pirámide de fábricas, teatros y parques públicos erigidos sobre cadáveres humanos y en cuya cima se halla la figura del dictador, que posa golpeándose el pecho y buscando infructuosamente reconocimiento y prestigio a un vacío de estrellas que se eleva indiferente sobre él”.

¡Hasta la próxima!