Evolución natural

  Columnas

Evolución natural

"Después de todo, con el tiempo el virus “aprende” que es mal negocio matar al huésped (porque muere el virus también) y que es mejor hacer menos daño pero volverse más contagioso (para que haya más huéspedes)"

La “selección natural” es una de las fuerzas -o realidades- más impresionantes en la naturaleza. Es el mecanismo que Darwin propuso como base o fundamento de la evolución, y consiste básicamente en que los organismos mejor adaptados desplazan a los menos adaptados a través de una ventaja: la acumulación lenta de cambios genéticos favorables en la población a lo largo de las generaciones.

Para el naturista inglés, la evolución equivale a la “descendencia con modificación”, y esa modificación es producto -precisamente- de la selección natural. El axioma de Darwin no fue que sobrevive el más fuerte, sino aquel que se adapta mejor al cambio.

Recientemente, en eventos separados, pero que coinciden en el tiempo, la selección natural ha modificado (otra vez) el virus del COVID creando dos variantes nuevas que terminarán reemplazando las versiones originales del mismo. Una es la del Reino Unido (b.1.1.7) que es de 67 a 75 % más fácil de transmitir, y la otra la de Sudáfrica (501.v2) que es la responsable de la mayor cantidad de contagios en una de las provincias de Cabo.

No obstante, la Organización Mundial de la Salud recalcó recientemente que la nueva cepa del COVID es “parte de la evolución normal de una pandemia... es parte absolutamente normal de la evolución de un virus”.

En otras palabras, no estamos frente a nada que no haya sido predecible; esto no es una sorpresa. Es darwinismo en su máxima expresión. Las variantes del virus están tan solo siguiendo el camino natural y necesario para sobrevivir, para tener éxito a largo plazo. Y esa supervivencia consiste en volverse más contagioso -lo que facilita la transmisión y por ende la permanencia- en vez de más mortífero. Después de todo, con el tiempo, el virus “aprende” que es mal negocio matar al huésped (porque muere el virus también) y que es mejor hacer menos daño pero volverse más contagioso (para que haya más huéspedes).

La pregunta en el aire es si las vacunas que se han desarrollado van a ser efectivas contra estas nuevas variantes. Y, hasta ahora, la respuesta es sí, la efectividad prevalece. Aparentemente no hay motivo para preocuparse de que el virus en su nueva forma sea resistente a las vacunas. Después de todo, sería mucha coincidencia que las mutaciones en el virus sin que exista una vacuna (es decir que no sean provocadas por esa vacuna) terminaran protegiéndolo de la respuesta inmune que esas vacunas generarían.

Ahora, hablando precisamente de selección natural y evolución, no puedo dejar de pensar en las palabras de Ian Malcom (personaje de ‘Parque Jurásico’), matemático especializado en la teoría del caos, cuando decía “la vida no puede ser contenida, la vida se libera, se expande a nuevos territorios, rompe barreras - dolorosamente, incluso peligrosamente”, y cuando en la película lo increpan sobre el tema, él suelta una de sus mejores frases: “la vida, eh... encuentra el camino”.

Por ello, no hay garantía. La mutación a estas dos variantes es prueba contundente del poder de la naturaleza, y si hay una mutación -o combinación de ellas- que pueda sortear en el futuro la respuesta inmune generada por una vacuna, entonces hay buenas probabilidades de que suceda. Después de todo, “la vida, eh... encuentra el camino”. Pero por lo menos ya no estamos en el 2020.