El negocio horrendo de la FIFA

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El negocio horrendo de la FIFA

Debemos salir de la mentalidad del consumidor individual y entender que nuestras decisiones particulares son de segundo orden. Es el sistema el que debe ser cambiado.

La Copa Mundial de la FIFA no es un simple torneo. Es un evento histórico. Naciones se unen, economías se transforman, gobiernos cruzan los dedos. Es natural que un acontecimiento de esa magnitud afecte nuestras vidas de tal manera que nos inspire cuestionamientos morales.

En anteriores ediciones, las controversias no solían pasar de las quejas sobre la corrupción o de las condenas al desperdicio. Hoy, todas esas polémicas resultan diminutas. Este Mundial fue montado sobre las espaldas de trabajadores esclavos, manchado con la sangre de miles de ellos y usado como una herramienta de propaganda por el régimen que cimenta su prosperidad sobre su explotación.

Otro escándalo es la prohibición de las expresiones de solidaridad con la comunidad LGBTI, muchas veces víctima de violencia en el deporte, como actos políticos ajenos al fútbol. No porque impidan celebrar la competición de alguna manera, sino porque interfieren con el negocio que este sustenta.

Ese negocio, tiznado por el horror, monopoliza el acceso al Mundial. Viajar o verlo desde casa, comprar la mercadería oficial, escuchar el análisis de los periodistas, todo está mediado por este negocio, las licencias y las reglas de la FIFA, el estado Catarí y sus socios.

Es entendible que nos cuestionemos la moralidad de consumir este Mundial. Pero para ser coherentes tendríamos que boicotear a casi todas las industrias que hacen nuestra vida moderna posible: los vehículos, celulares y alimentos que consumimos son producidos en condiciones inhumanas bajo empresas corruptas y gobiernos tiránicos. Nuestra cooperación con estos actos malvados es lo suficientemente distante como para eximirnos de cualquier culpa grave.

Pero eso no significa que hay que cruzarnos de brazos. Debemos salir de la mentalidad del consumidor individual y entender que nuestras decisiones particulares son de segundo orden. Es el sistema el que debe ser cambiado. Y eso solo lo conseguiremos con acciones colectivas, presionando a nuestras federaciones, gobiernos y sistemas de justicia a castigar a la FIFA por su corrupción y a elevar sus estándares éticos sobre la selección de los anfitriones mundialistas.