Los administradores que Guayaquil merece
La historia reciente de Guayaquil refleja la importancia de la gestión, la institucionalidad y el compromiso ciudadano para sostener su desarrollo.

El progreso de Guayaquil depende tanto de sus autoridades como de sus ciudadanos.
Los ciudadanos tenemos memoria, quizás más de la que imaginan quienes llegan al poder creyendo que la historia comienza con ellos. Esa memoria permanece en las calles, los parques, los malecones y los barrios donde cada generación deja parte de su vida.
Guayaquil
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Diana Sotomayor
De la regeneración urbana a los desafíos actuales
Guayaquil ha demostrado, desde sus orígenes, una capacidad extraordinaria para levantarse tras incendios, epidemias y crisis. Ese espíritu no nació por casualidad, sino del trabajo de su gente y de una convicción permanente: el progreso no se espera, se construye.
Olmedo entendió que la verdadera libertad consiste en gobernarse con inteligencia, responsabilidad e instituciones sólidas. A finales del siglo pasado, cuando el deterioro urbano parecía inevitable, la ciudad encontró administraciones capaces de interpretar el anhelo ciudadano. La gestión iniciada por León Febres-Cordero en 1992 marcó el comienzo de una transformación que devolvió orden, planificación y una visión de largo plazo. Más allá de las diferencias políticas, inició un proceso que fortaleció la relación entre el ciudadano y su ciudad. Ese camino tuvo continuidad con Jaime Nebot, cuya administración consolidó la regeneración urbana, fortaleció los espacios públicos, impulsó infraestructura y programas sociales, devolviendo a muchos guayaquileños el orgullo de pertenecer a su ciudad. Posteriormente, Cynthia Viteri enfrentó el desafío excepcional de la pandemia. Como corresponde en democracia, los ciudadanos evaluaron su gestión y decidieron un cambio de administración, recordándonos que los gobiernos son temporales, pero las ciudades permanecen.
Ciudadanía y autoridades: responsabilidad compartida
Una administración no debe medirse solo por obras inauguradas, sino por la confianza, la institucionalidad y la visión que deja. Las obras pueden deteriorarse; las instituciones perduran.
Guayaquil necesita autoridades con visión, honestidad, carácter y sensibilidad, pero también ciudadanos comprometidos con el bien común. Porque el espacio público se cuida entre todos y la democracia no termina el día de las elecciones. Las personas pasan y los gobiernos concluyen, pero Guayaquil continúa su marcha. El mayor desafío de nuestra vida cívica seguirá siendo exigir, preservar y defender a los administradores que Guayaquil merece.
Francesco Aycart C.