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Los Ceibos se convierte en escenario de tango en Guayaquil con actividades para la comunidad
Cada miércoles asisten vecinos de distintas zonas de Guayaquil. Bailan y comparten. La iniciativa también impulsa el comercio. Hay clases gratuitas

Diálogo. Entre copas de vino, piqueos y conversaciones, los asistentes a la milonga convierten la plazoleta en un punto de encuentro cada miércoles.
Lo que debes saber
- La milonga reúne cada miércoles a vecinos de distintos sectores en la Plazoleta Ceibos.
- El encuentro busca fortalecer la convivencia y recuperar el espacio público a través de la cultura.
- Desde este 8 de julio habrá clases gratuitas para quienes deseen iniciarse en el tango.
La noche se posa sobre Guayaquil y la brisa acaricia las mejillas de quienes dejan atrás la rutina cotidiana y el trabajo. Mientras unos partidos de fútbol concentran la atención del mundo, para decenas de personas la verdadera cita de la noche comienza al ritmo del tango.
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La ciudad al compás del tango
Desde las 20:00, la Plazoleta Ceibos, ubicada en la avenida Primera y calle 14, en el noroeste de la urbe porteña, comienza a adquirir otro aire. Poco a poco llegan los asistentes, que entre sonrisas, abrazos y saludos se apropian del espacio para convertirlo en una pista de baile.
Son cerca de 70 personas. Algunos se sientan y dejan a un lado el calzado cotidiano para ponerse los zapatos de tango y, mientras se preparan al compás de la música, parecen trasladarse, por un instante, a Argentina.
Allí, guayaquileños y extranjeros llegan sin trajes de gala ni atuendos que delaten su destino; basta la música para reconocer que han acudido a la cita con un único propósito: milonguear. En cuestión de minutos, el espacio al final de la plazoleta, junto al restaurante El Rey de Choripán, deja de ser un rincón solitario, de paso y se transforma en una pista de baile que se desborda entre las mesas y sillas del local.
No todos llegan desde el mismo punto de la ciudad. Hay quienes vienen de Miraflores, otros de la ciudadela Ceibos Norte, algunos son de la misma ciudadela y otros cruzan la ciudad solo para regalarse unas horas de tango. Lo hacen porque, dicen, aquí las diferencias de edad, profesión o barrio se desvanecen cuando comienza la música y el único requisito para quedarse es aceptar seguir el compás.
Juliette Kronfle, de 24 años, asegura que la milonga le permitió construir una comunidad entre personas que antes no conocía. “Nos sentamos a conversar y el tango nos une; siempre tenemos de qué hablar”, cuenta, convencida de que estas noches son una oportunidad para desestresarse, conocer gente y fortalecer los lazos entre desconocidos.

Sin protocolo. En la milonga no hay código de vestimenta; basta cambiar los zapatos para empezar a bailar.
El tango nos recuerda que la ciudad también se construye cuando los vecinos salen de sus casas, se encuentran y empiezan a reconocerse como parte de un mismo barrio.
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Una plaza que vuelve a encontrarse
Para Luis Enrique Zea, vecino de Miraflores, el cambio también se refleja en el paisaje citadino. Recuerda que, anteriormente, la plazoleta lucía vacía y silenciosa; ahora, en cambio, la encuentra llena de música, conversaciones y parejas que bailan. “La plaza estaba muerta y ahorita la veo viva”, expresa, mientras asegura que a Guayaquil le hacen falta más reuniones de barrio y espacios donde la ciudadanía vuelva a encontrarse.
Su esposa, Marisol de Zea, coincide. Para ella, estas iniciativas ayudan a reconstruir una confianza que, poco a poco, se ha ido perdiendo entre los vecinos. Cree que estas actividades culturales, al aire libre, crean comunidad y acercan a personas que, de otra manera, no habrían dialogado; por eso, manifiesta, la ciudad necesita más escenarios donde la música y el arte devuelvan vida a los espacios públicos.
María Franco, médica y vecina de Ceibos Norte, recorre varios kilómetros para llegar a la milonga. Para ella, el tango es una pausa en medio de la rutina, un lugar donde los problemas personales quedan afuera y la urbe parece reconciliarse consigo misma, al menos durante unas horas, el miedo ya no gobierna, sino la música.

Iniciación. Profesores de tango enseñarán, sin costo, los pasos básicos a quienes deseen sumarse por primera vez a la pista.
El tango es la excusa; lo que buscamos es que la gente vuelva a encontrarse, porque en una ciudad con más cultura sus habitantes vuelven a ocupar los espacios públicos.
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Un paso para sumar más bailarines
Desde este miércoles 8 de julio, de 20:00 a 20:40, Duval Barrezueta ofrecerá clases gratuitas de tango antes de cada milonga. La propuesta busca atraer a quienes siempre han querido bailar, pero no se han animado porque creen que no saben hacerlo: “El tango es caminar”, expresa el instructor, convencido de que cualquiera puede aprender y de que estas clases permitirán sumar nuevos integrantes a la comunidad tanguera.
Para Eduardo Blusztein, dueño de El Rey del Choripán y uno de los impulsores de la milonga, el tango no solo ha revitalizado la plazoleta, sino también a los negocios del sector. Asegura que la actividad, nacida para atraer público los miércoles -uno de los días de menor movimiento para los restaurantes-, incrementó la afluencia de clientes y benefició a todos los establecimientos, al demostrar que un espacio público con vida también impulsa el comercio.
Además de dinamizar el sector, este tipo de iniciativas mejora la calidad de vida de quienes habitan en la zona, sostiene Fátima López, residente de la ciudadela Los Ceibos desde hace pocos meses. “Esto les hace falta a otros barrios de Guayaquil; ojalá podamos compartir más actividades culturales para romper las brechas que nos separan”.
El mejor paso que enseña el tango no está en la pista, sino fuera de ella: acercarse a alguien, conversar y descubrir que tenemos más en común de lo que creemos.

Compás. Al ritmo del tango, la Plazoleta Ceibos, situada en el noroeste de Guayaquil, se llena de parejas que bailan, ríen y hacen suyo el espacio público.