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Diario Expreso Ecuador

Los imbéciles están de testigo: una obra que enfrenta al público con la violencia actual

La obra del autor colombiano Andrés Caicedo, adaptada al contexto quiteño, se presenta en el Estudio de Actores hasta el 31 de mayo 

Pedro y Pablo no funcionan como personajes tradicionales. Son una condensación de aquello que el sistema produce y luego margina.

Pedro y Pablo no funcionan como personajes tradicionales. Son una condensación de aquello que el sistema produce y luego margina.JUAN RUIZ

Mariella Toranzos
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  • La obra es interpretada por los actores Juan Sebastián Ruales y Felipe Cucalón.
  • La pieza aborda la violencia que se vive en el país y los pormenores de lo que la rodea.

En 1967, cuando el escritor colombiano Andrés Caicedo tenía apenas 16 años, su impulso creativo ya incomodaba. Sus primeras incursiones teatrales, marcadas por un tono nihilista, irreverente y provocador, fueron rápidamente censuradas.

La obra El fin de las vacaciones no pudo representarse en su colegio por decisión de autoridades religiosas, y poco después, Los imbéciles están de testigo tampoco logró estrenarse en el entorno doméstico, frenada por los propios padres del autor.

La obra terminaría presentándose de forma casi clandestina, frente a unos pocos espectadores, en un lote del norte de Cali. ¿El motivo de a censura? La incomodidad que generaba su contenido y la crítica directa al convulso panorama político y social de la Cali de esos años.

Sin embargo, décadas después, ese mismo texto encontró un eco inesperado en Quito. El Estudio de Actores retomó la pieza y la trasladó al presente contemporáneo, en el que la violencia ya no es una excepción, sino parte del paisaje cotidiano.

La puesta en escena surgió hace un año junto a los actores Juan Sebastián Ruales y Felipe Andrés Cucalón. Coincidieron en la lectura de los textos teatrales de Caicedo y ambos encontraron en ellos una fuerza difícil de ignorar: una violencia visceral que dialoga con el presente. 

De Colombia a Ecuador

En el centro de la obra están Pedro y Pablo. Dos hombres que, en apariencia, no tienen nada que hacer. O peor: tienen todo lo que su mundo les ofrece -unas chicas esperando, un auto veloz para recorrer la noche, el cine como destino- y aun así, nada les alcanza. En un escenario vacío, que podría ser cualquier esquina, cualquier tarde, hablan, discuten, se insultan y se necesitan

Uno quiere salir; el otro prefiere quedarse a mirar a los imbéciles que los observan desde la sala, poniendo en evidencia la comodidad con la que transitan la vida mientras todo colapsa.

Sin embargo, el primer acercamiento escénico evidenció una distancia: el lenguaje y los códigos remitían a un contexto demasiado específico.

La puesta en escena surgió hace un año junto a los actores Juan Sebastián Ruales y Felipe Andrés Cucalón.

La puesta en escena surgió hace un año junto a los actores Juan Sebastián Ruales y Felipe Andrés Cucalón.JUAN RUIZ

La decisión fue entonces adaptar la obra sin despojarla de su esencia. “La pusimos en escena varias veces dentro del contexto del Estudio de Actores, pero sonaba muy colombiana. Así que eventualmente tomamos la decisión de adaptarla. Felipe es costeño, yo soy serrano, y decidimos mantener nuestros acentos, nuestras formas de expresión”, explica Ruales.

En escena, los protagonistas no funcionan como personajes tradicionales. Son una condensación de aquello que el sistema produce y luego margina: dos hombres atrapados en una relación estrecha, casi asfixiante, que no pueden romper. Se necesitan, pero también reproducen la violencia que los atraviesa. 

Generar los vínculos

Los imbéciles están de testigo apela a la intensidad desde el inicio. Los hombres gritan, se apuntan con armas y granadas y se exhiben ante la audiencia. Salen de ese encierro para interpelar directamente a quienes los miran.

Ruales añade que construir ese vínculo entre él y Cucalón fue uno de los principales desafíos del montaje.

La relación exige cercanía física y emocional, tensión constante. Ambos trabajan desde el cuerpo y la voz en una puesta que elimina cualquier distancia cómoda con el espectador. El espacio escénico, contenido, refuerza la sensación de encierro. “Lograr esa cercanía fue lo que más trabajamos”, afirma.

Los protagonistas interactúan el interpelan al público durante la puesta en escena.

Los protagonistas interactúan el interpelan al público durante la puesta en escena.JUAN RUIZ

El cierre intensifica esa cercanía, pues no ofrece redención ni salida clara; avanza, más bien, hacia una certeza incómoda: la causa está perdida.

Enfrentar el horror

Tras el desenlace, una serie de imágenes irrumpe con fuerza sobre una pantalla: hechos de violencia recientes, imposibles de ignorar. El coche bomba frente al Mall del Sol en Guayaquil, la desaparición de los niños de Las Malvinas, la persecución migrante en Estados Unidos. La ficción se rompe para dar paso a una realidad que insiste.

“La gente sale descorazonada o con ganas de seguir peleando”, dice Ruales. No hay una respuesta única ni un mensaje conciliador. Lo que queda es una incomodidad persistente, una pregunta abierta.

Los imbéciles están de testigo no apela únicamente a la emoción, sino a una reflexión inevitable sobre nuestro tiempo.

La obra se presentará en el Estudio de Actores hasta el 31 de mayo. Las funciones se realizan los viernes y sábados a las 19:30 y los domingos a las 18:00. Adhesión: $ 15.

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