Conservar los manglares de Guayaquil, un desafío ambiental y cultural
Uno de los retos que conlleva preservar la naturaleza es reconstruir la relación entre la población y la flora y fauna, rota por la expansión urbanística.

El manglar es ecosistema diverso, cuya totalidad de especies se mantiene sin calcular.
Lo que debes saber
- Según información del Ministerio de Ambiente y Energía, el cantón Guayaquil cuenta con más de 80.000 hectáreas de manglar.
- Este ecosistema alberga especies endémicas y en peligro de extinguirse.
- La expansión urbana es una de las mayores amenazas que padece.
Guayaquil se erigió sobre ecosistemas frágiles. El crecimiento de la ciudad, con sus edificios, puertos y calles poco a poco fue desplazando a los mangles, cocodrilos y aves multicolores que solían habitar zonas mucho más amplias y que ahora sobreviven bajo la amenaza expansionista.
Otro precio a pagar por el llamado desarrollo es el deterioro de la conexión entre los guayaquileños y el manglar. Natalia Molina, docente investigadora de la Universidad Espíritu Santo (UEES) y experta en el tema, cree que la educación ambiental es clave para reforzar ese vínculo.
En entrevista con EXPRESO en ocasión del Día Internacional para la Conservación del Ecosistema de Manglares, que se celebra el 26 de julio de cada año, Molina discute la relación de los guayaquileños con su entorno y la esperanza que ve en las nuevas generaciones para asegurar un futuro más armonioso con los cuerpos de agua de la ciudad.
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¿Qué nos da el manglar que tal vez damos por sentado?
Lo primero que damos por sentado son los alimentos, aunque la mayoría de gente sabe que de ahí sacamos los cangrejos y conchas. También asumimos que el manglar es fuerte: no le pasa nada, le hacemos esto y vuelve a crecer. En parte por esa creencia es que el manglar no ha tenido el cuidado que se merece. Se los ha considerado tierras inútiles o lugares que deben desaparecer, o que los humedales de agua dulce deben ser rellenados. Eso debemos mejorar.
¿Por qué cree que hemos dejado de lado la naturaleza en nuestro estilo de vida?
Creo que eso está cambiando con las nuevas generaciones. El club de sostenibilidad de la UEES, por ejemplo, hace jornadas de limpieza del manglar, está volcado al manglar. Lo lindo es que son chicos de todas las carreras (...). Poco a poco eso está cambiando. Hace poco salió un estudio que decía que se ha logrado recuperar gran parte de los manglares que se han perdido a nivel mundial gracias a las acciones de conservación aplicadas en las últimas décadas.
¿Qué nivel de protección tiene este ecosistema en Ecuador?
El país tiene una estrategia consolidada por más de 25 años en la forma de los acuerdos de uso y custodia de manglar a usuarios ancestrales, que actualmente protegen cerca de 100.000 hectáreas. El resto está en zonas protegidas, y la Constitución lo considera un ecosistema frágil tal como el páramo. Entonces las leyes y protecciones existen en nuestro país, pero deben calar a nivel local.
¿Que rol tiene la educación ambiental en preservar el manglar?
La educación debe ser un eje transversal (...). Tiene que ir más allá: un ejemplo es lo que hacemos en los proyectos de vinculación. Hace poco tuve actividades en la isla Santay. Los proyectos no se quedan en la universidad, los llevamos a las comunidades.
Yo quisiera que ese programa ‘Ciudades del Manglar’, involucre a todas las universidades a lo largo de la Costa. Una ciudad debe ser un lugar donde todos tengan servicios básicos: Santay todavía no tiene un buen sistema de saneamiento del agua, que es algo básico para la vida. ¿Cómo explicas que eso suceda en una localidad tan cerca de Guayaquil?
Es una isla que ha sido restaurada, que nos da tanto. Ahí viven personas. Hoy le decía a mis estudiantes: esto que ustedes hacen no es solo una materia. Esto contribuye a que estas personas tengan una mejor calidad de vida. Los chicos quieren aprender, y eso lo tenemos que aprovechar.
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¿Cómo reconciliamos el crecimiento de la ciudad con la conservación de su naturaleza?
Tal vez que la ciudadanía tome acciones. Un ejemplo es la ciudadela Las Garzas. Yo les he propuesto que sean un ejemplo para otras ciudadelas que viven al lado del manglar: que lo restauren, que mantengan jardines sin plantas exóticas, reconocer sobre qué ecosistema nos hemos asentado. Es verdad, no podemos vivir sobre el aire o sobre un árbol, pero podemos tener armonía y reciprocidad con la naturaleza. Con planificación sí es posible lograrlo.