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La ‘boda’, la sopa tipica en las fiestas andinas
Es parte de la gastronomía de la Sierra central, que recarga de energía a los danzantes. Se prepara en ocasiones especiales.

Rosa María Solano y Esther Sanipatín se apuran en la preparación de ‘la boda’, plato típico de la parroquia de Natabuela, que se sirve solamente en ocasiones especiales como es el Inti Raymi, Fiesta del Sol que los pueblos indígenas de la provincia de Imbabura están próximos a celebrar.
Cuatro grandes ollas adornan el patio de una vivienda ubicada en el barrio San Miguel de Catabamba, cantón Antonio Ante, de donde este año son los priostes de la celebración.
Allí ambas mujeres que tienen experiencia en la cocción de esa sopa se esmeran para dejarla en su punto, mientras decenas de danzantes que agradecen a la Pachamama por las bondades recibidas se concentran y bailan en la plaza principal.
La boda es una sopa ancestral hecha con harina de maíz reventado, color y comino. El plato va acompañado de un trozo de carne de cerdo, papas, mote y un vaso de chicha de jora.
El secreto, de acuerdo con María Solano, es escoger bien la clase de maíz que se va a usar, pues de eso depende el sabor y la textura, que debe ser espesa. No todas las personas son aptas para cocinarla. Existe la creencia de que para revolver ese caldo en la olla se debe tener la mano fuerte, de lo contrario se hace agua. María y Esther deben revolverla de manera constante con cucharas gigantes.
María Solano cuenta que antes solía cocinarse en pailas enormes de bronce, pero esa costumbre se perdió con el paso de los años. Mariana Sani, una habitante del barrio, comenta que “esa comida tradicional da energía a los danzantes, les da vitalidad para zapatear el suelo”.
Mientras ellas hacen su trabajo, otro grupo de personas recibe a los danzantes que llegan de todas partes de la parroquia. Uno de ellos es de Segundo Bautista Siza, de 76 años.
Él es experto en tocar el bandolín y lo hace desde sus 16. Es el más experimentado del grupo que proviene del barrio Jerusalén y el más antiguo también. Por eso se ha ganado el respeto de todos los que lo conocen.
En ese entonces, según relata, no había calles de piedra sino solo de tierra, y las pocas casas existentes estaban distanciadas unas de otras.
Él dice sentir gusto por agradecer a la Pachamama. Jamás ha dejado de participar en el baile ancestral. “Yo no he dejado de bailar ningún año. Es más, pedía permiso en el trabajo. Primero cuando era jornalero y luego cuando entré a laborar en la estación del ferrocarril, donde me jubilé”.
Su amor por la tradición la heredaron su hijo Cruz Elías Siza y sus nietos William y Lenin.
A diferencia de los indígenas de otros cantones, sus temas son originales, más rítmicos y rápidos. El dirigente dice que en Natabuela se baila diferente. Los hombres y mujeres llevan grandes sombreros y camisas bordadas a mano, además de alpargatas.
Los varones usan un poncho de colores y pantalón blanco ancho. Las mujeres, en cambio, llevan anaco, que es una falda. Todos dan dos golpes con cada pie en el suelo, mientras bailan en círculo. Al zapatear, como lo llaman, hacen contacto con la madre tierra, lo que provoca una renovación de energías.
Los músicos tocaban de casa en casa
Los músicos usan el bandolín y la guitarra. Hace seis décadas por curiosidad se observaba a los músicos que bailaban día y noche, por los sectores de Pucahuaico, Los Óvalos y Natabuela e iban de casa en casa.