Atrapados en la inseguridad
En Ecuador se estudia con miedo pues la delincuencia azota a los jóvenes, mientras la impunidad y la falta de patrullaje preventivo incrementan el riesgo

Cuando las autoridades conocen cómo operan las bandas y aun así no logran impedir sus ataques, el problema deja de ser únicamente criminal y se convierte también en un fracaso institucional.
Cada mañana y cada tarde, miles de estudiantes ecuatorianos recorren un camino marcado por el miedo. La delincuencia ha encontrado en ellos un blanco fácil y ha perfeccionado una estrategia que ya todos conocen. Los asaltantes no actúan de manera improvisada ni en solitario. Llegan en grupos, con capuchas que dificultan su identificación, se distribuyen en distintos puntos y atacan de forma coordinada a quienes ingresan o salen de los centros educativos, esperan el transporte público, descienden de los buses o incluso viajan entre ellos.
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El fracaso de la prevención policial
Lo más preocupante no es que exista un ‘modus operandi’ definido, sino que sea de conocimiento general y no se haga nada. Lo saben los estudiantes, sus familias, los conductores, los guardias de seguridad y los policías. Sin embargo, la respuesta de las autoridades continúa siendo insuficiente. La prevención brilla por su ausencia y la presencia policial suele aparecer únicamente después del delito.
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Las consecuencias van mucho más allá del robo de un teléfono celular, una mochila o una cartera. Cada asalto deja una huella de angustia, impotencia y desconfianza. Muchos jóvenes ya ni siquiera presentan denuncias porque consideran que hacerlo es una pérdida de tiempo. La percepción de impunidad se ha instalado con tal fuerza que las víctimas prefieren resignarse antes que iniciar un trámite del que no esperan resultados.
La afectación de la cotidianidad
La inseguridad termina condicionando la vida cotidiana. Padres que esperan con ansiedad la llamada de sus hijos al llegar a destino, estudiantes que modifican horarios o rutas para reducir riesgos y ciudadanos que normalizan el miedo porque sienten que no tienen otra alternativa.
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Un Estado no puede aceptar que estudiar implique exponerse a la delincuencia. Cuando las autoridades conocen cómo operan las bandas y aun así no logran impedir sus ataques, el problema deja de ser únicamente criminal y se convierte también en un fracaso institucional. Recuperar la seguridad no pasa solo por aumentar patrullajes, sino por diseñar estrategias preventivas, coordinar acciones con los sistemas de transporte y garantizar que los estudiantes puedan ejercer su derecho a la educación sin sentirse atrapados por la inseguridad.