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“No quiero terminar asi”

El joven lleva cinco meses visitando la entidad. Es uno de los 50 jóvenes guayaquileños, de entre 15 y 17 años, que cumplen sus labores de servicio comunitario en el lugar.

Estado. Eric culminará en un mes la labor que realiza como sanción.

Lunes ocho de la mañana. Eric B., de 17 años, recorre el área de residencias del Instituto de Neurociencias (INC) de Guayaquil. Se coloca una mascarilla y respira. Se sitúa en la entrada del pabellón C, donde yace una centena de enfermos mentales que, por ratos, abren la boca de par en par para soltar una escandalosa carcajada; atraviesa el portal y camina recto entre decenas de camas que hay a su alrededor y en las que reposan los pacientes con mayor deterioro cognitivo de la entidad.

Eric los saluda de lejos y con prudencia a medida que los van despertando. Aguarda a que los bañen y se alista para ayudar a vestirlos y alimentarlos. Con paciencia y tino.

El joven lleva cinco meses visitando la entidad. Es uno de los 50 jóvenes guayaquileños, de entre 15 y 17 años, que cumplen sus labores de servicio comunitario en el lugar.

“Estoy aquí porque tiempo atrás robé. Estuve preso un par de días, pero me soltaron para cumplir esta condena”, explica.

Eric es padre de una niña de dos años, vive en el Guasmo sur y estudia en un colegio público del sur de la ciudad. Su sanción fue determinada por el Ministerio de Justicia y responde a un convenio que el organismo estableció en julio del 2015 con el Instituto de Neurociencias.

“Ellos (directivos del Ministerio) nos solicitaron proporcionar un espacio para que los adolescentes infractores puedan rehabilitarse aquí. Y aceptamos, pues precisamente en este sitio los chicos despiertan, aprenden a querer la vida”, explica Norman Castellanos, supervisor de residencias del hospital.

Eric, quien inició su recuperación cuidando jardines y haciendo labores de limpieza (las dos etapas iniciales que los contraventores deben cumplir previo a interactuar con los pacientes), corrobora lo dicho.

Se le quitó lo alevoso, agresivo y bravucón. Dolientes como Mary, de 70 años, brillantes ojos y cabello lacio, sin querer, e incluso sin saber, lo transformaron. “Ver cómo alguien puede terminar solo, perturbado o abandonado a causa de problemas, la mala vida o las drogas, y sin nadie que lo ame, me hizo reaccionar. Aquí me he encontrado con personas valiosas, como ella, que hablan hoy con gente imaginaria, que son bondadosas y fueron abandonadas. Yo no quiero terminar así”.

Otros chicos, como Yandry M., que ejecutan tareas similares en este instituto fundado en febrero de 1881 bajo el nombre de Manicomio Vélez, ahora también piensan como él.

Así, este programa, el primero de este tipo que emprende el sanatorio, marca un antes y un después en la vida de estos jóvenes. Y no solo en su cambio de actitud, sino en la forma de percibir al psiquiátrico.

Eric reconoce que cuando llegó pensó encontrarse con un panorama espeluznante: con locos en condiciones higiénicas deplorables, altos muros, cámaras de vigilancia y gente atada a la cama. “Siempre tuve la idea de que el manicomio sería eso, pero me equivoqué. De hecho aquí, por momentos, se respira más paz que allá afuera”, dice mientras pasea a una de sus “amigas”. Una de las pacientes que asegura haber sido bailarina, “la mejor y más guapa del Ecuador”.

En el INC las penalidades se cumplen según el caso, por horas, días o meses. Las jornadas son de dos horas diarias y se acomodan al horario y agenda de los muchachos.

Al momento, el proyecto ha dado como resultado infractores que dejaron atrás las mañas y se convirtieron en universitarios. “Tenemos algunos que se preparan para ser médicos y otros, en cambio, que se alistaron en el Ejército”, matiza Néccer Chiquito, también guía y especialista de cuidados paliativos.

Alrededor de las 10:00, Eric se prepara para terminar su recorrido. Lleva a la danzante a su habitación, esa que guarda sus alegrías, temores y más fantásticos pensamientos, y se despide con un “nos vemos, mañana vuelvo”. Está seguro de que lo hará.