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El verdadero horror de la bomba atomica
Existen muchas razones para que los países que poseen poder nuclear se preocupen para que otros Estados no lo obtengan. Sobre todo Estados Unidos y Rusia, las dos superpotencias dueñas de unos enormes arsenales de bombas atómicas, que buscan siempre acuerdos para no utilizarlas. Ya hemos expresado varias veces que en la actualidad usando estas armas en una guerra se puede acabar con el planeta Tierra cuarenta veces. Se quedó corto Einstein cuando predijo que después de una contienda con bombas atómicas el próximo enfrentamiento sería con arcos y flechas.
Esperamos que los mandatarios de los países con semejante poder hayan leído el artículo titulado Hiroshima escrito por John Hersey para la revista The New Yorker, que en 30.000 palabras reveló el absoluto horror de las armas nucleares. El diario tomó esa decisión, convencido de que alguna persona no entendía el increíble y absoluto poder destructivo de esta arma.
El lanzamiento. Recordemos que el 6 de agosto de 1945 se lanzó la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, el piloto del Enola Gay, el avión que cargaba la bomba, dijo que se sentía un héroe de ciencia ficción. En 1946 John Hersey, corresponsal de guerra y galardonado periodista, recibió esa comisión del The New Yorker. En lugar de escribir sobre la devastada ciudad, decidió que su reportaje sería sobre personas en lugar de edificios. Él encontró sobrevivientes de la explosión y a muchos de ellos los entrevistó.
En ese panorama catastrófico de pesadillas vivientes, de personas medio muertas, de cuerpos quemados y chamuscados, de intentos desesperados por cuidar de sobrevivientes destrozados, de vientos calientes y de una ciudad consumida por incendios, los ciudadanos norteamericanos recién comprendieron lo que había significado la orden de Truman, de lanzar las dos bombas atómicas sobre Japón. Los estudiosos de la política internacional, hasta llegaron a pronunciarse porque no era necesario el lanzamiento de esas bombas ya que Japón prácticamente estaba vencido.
Nosotros recordamos, cuando éramos niños, las publicaciones que se hacían como historietas cómicas en las que se demonizaba a los pueblos asiáticos, desde antes del ataque japonés a Pearl Harbor. La “amenaza amarilla” de las tiras cómicas había calado profundamente en la psiquis de los países aliados.
Hasta que apareció el artículo de Hersey, que desafió la censura. Douglas MacArthur, el comandante supremo de las fuerzas de ocupación del Japón y que gobernó hasta 1948, había prohibido la difusión de cualquier reportaje sobre las consecuencias de los bombardeos.
A medida que se iniciaba la carrera armamentista, apenas tres meses después de otra prueba nuclear en el atolón de Bikini, recién allí, el verdadero poder de las nuevas armas empezó a comprenderse.
Japón recordó. El alcalde de Hiroshima, Kazumi Matsui, dirigió la conmemoración en el 73° aniversario del ataque por el cual murieron 140.000 personas, tanto en la explosión misma como en la contaminación resultante. Pidió en su discurso que “los esfuerzos por eliminar las armas nucleares deben continuar”. Dijo además, que “si la humanidad olvida la historia o deja de confrontarse con ella, podríamos volver a cometer un terrible error”.
Actualmente hay más de 150.000 supervivientes de ese ataque, con una edad media de 82 años, muchos de los cuales aún sufren problemas de salud derivados de la explosión.
Bajo esta realidad se han hecho varios intentos para suscribir tratados que prohíban las armas atómicas, uno de ellos fue en la ONU. Sin embargo, los países que la poseen siguen aumentando su arsenal y otros como Irán, insisten en que se haga efectivo el compromiso que se suscribió con los países de la Unión Europea y Estados Unidos para acelerar la producción de su poder nuclear, pretextando que lo utilizarán para fines pacíficos.
Conclusión. En los últimos años se han presentado muchas divergencias respecto de los tratados firmados. Mientras tanto, ni los gobernantes que se empeñan en aumentar su poderío nuclear estarán a salvo. Se habla de ‘bunkers’ a donde podrían escaparse de morir y no se dan cuenta de que en algún momento tienen que salir y recién allí se darán cuenta de los efectos que ellos mismos han causado.